Ricardo Fernández del Moral recuerda al maestro Fosforito en la Suma Flamenca
El cantaor y guitarrista castellano manchego rindió en Suma Flamenca de Madrid un emotivo homenaje a una de las grandes figuras del flamenco en el Teatro de la Abadía, acompañado por Kiko Martín y Juan Carlos Gil. Si difícil es cantar y dominar la guitarra flamenca, hacerlo simultáneamente supone un ejercicio de extraordinaria exigencia artística. Ricardo Fernández del Moral pertenece a esa singular estirpe de artistas capaces de acompañarse a sí mismos con una naturalidad que esconde años de estudio y conocimiento.
No es una práctica nueva. Artistas como Juan Breva o Rita La Cantaora ya cultivaron esta forma de interpretar el flamenco, aunque la evolución de la guitarra, hoy mucho más rica en recursos técnicos y expresivos, ha multiplicado su dificultad. Ricardo conoce bien estas exigencias y sabe resolverlas con maestría.
Su presencia en Suma Flamenca de Madrid tenía, además, un compromiso especial: rendir homenaje a Antonio Fernández Díaz, Fosforito, una figura imprescindible en la historia del cante. Desde la humildad, Ricardo reconocía: «Con todo mi respeto y elogio, mi pincelada en recuerdo a este maestro, al cual yo no le llego ni a la suela de los zapatos».
Fosforito marcó un antes y un después por su personalidad artística, su conocimiento de los estilos y una manera de cantar que enriqueció el flamenco con nuevos matices y una profundidad expresiva excepcional. Ricardo no pretendió imitarlo, sino recordar su legado desde su propia identidad. Y no solo cantó. Entre interpretación e interpretación fue ofreciendo pequeñas lecciones de historia flamenca, recorriendo estilos como la soleá apolá, las alegrías, las siguiriyas, la granaína y media granaína, los tarantos o las bulerías. Un recital que combinó música, conocimiento y sentimiento.
A su lado estuvieron Kiko Martín y Juan Carlos Gil, dos excelentes profesionales de las palmas y el compás, cuya complicidad resultó esencial. Supieron acompañar sin imponerse, aportar alegría y movimiento, sostener el ritmo y conceder al artista la libertad expresiva necesaria para adentrarse en los territorios del duende. Porque el buen compás no consiste únicamente en marcar los tiempos, sino en saber escuchar y sentir lo que sucede sobre el escenario.
El Teatro de la Abadía acogió así una velada de flamenco sincero, alejada de artificios, donde el respeto a la tradición convivió con la personalidad de un intérprete que conoce profundamente el arte que defiende. Como expresó el propio Ricardo, el espectáculo nació «desde la admiración y el respeto hacia quien dedicó toda una vida a engrandecer el flamenco». Y ese fue precisamente el espíritu de la noche: recordar a Fosforito sin recurrir a la imitación, manteniendo viva su memoria a través del conocimiento, la sensibilidad y la verdad del cante.
Un homenaje sentido y una noche que permanecerá en el recuerdo de los buenos aficionados.
Juan José Gil Sánchez para Flama




