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‘Coincidencias’ entre la clásica y la ortodoxia jonda inauguran el Festival Alba Flamenca en Lagrasse 2026

23 octubre, 2026

La noche inaugural del Festival Alba Flamenca de Lagrasse 2026 se vistió de matices inéditos en el Espace Culturel des Corbières en una velada donde la ortodoxia a través del cante, toque y baile se dieron la mano con el jazz, blues y los aromas clásicos de piano, armónica, bajo y percusión. El escenario fue testigo de una confluencia artística bastante original, fusionando el virtuosismo instrumental y la hondura del flamenco tradicional.

El espectáculo arrancó con la sensibilidad del piano de Lorenzo Moya entrelazándose con el cante de Jonatan de los Reyes, un inicio hiriente y acertado al compás del tran trantreiro. Fue el preludio perfecto para la irrupción del baile de María Canea; la moguereña apareció imponente en escena, con pantalón claro y aires taurinos, regalando una pose de farruca rematada en plata y negro que de inmediato cautivó al auditorio.

Tras un inicio donde la voz, la percusión y el piano deambularon entre saeta, folías y alegrías, sello de Lorenzo Moya, el bajo eléctrico aflamencado dio alas a la entrada de la armónica de Antonio Serrano. El Premio Nacional de las Músicas Actuales 2025 demostró por qué la armónica cromática, un instrumento tan cercano y a la vez tan inusual en los escenarios flamencos, puede ser tan versátil y profundamente emotiva. El diálogo entre el cante con aires gaditanos y la armónica dejó patente la inabarcable gama de tonalidades y melismas que Serrano es capaz de arrancar al instrumento de lengüeta libre.

La noche transitó hacia Granada con unos tangos del Sacromonte. María Canea ilustró el cante con un arte sensual y femenino, luciendo un discreto y ceñido traje negro. Si bien es de cierto que la ecualización del sonido no hizo justicia a su taconeo. Destacó en toda la velada el buen pulso de la dirección; los estilos tuvieron la duración exacta, manteniendo intacto el interés del público en todo momento sin caer en repeticiones o extenderse demasiado.

Uno de los momentos más destacables de la noche llevó la firma de Antonio Serrano, quien desgranó una nana de melodía preciosa. Su toque embelesador, adictivo como un buen vino, llevó al público su particular visión entre el flamenco y el jazz, arrancando aplausos espontáneos ante un sonido envolvente repleto de matices, acompañado por el piano de Lorenzo Moya, en perfecta coordinación con el bajo y la percusión.

La segunda parte del espectáculo fue protagonizada por Canea y su grupo, que acometieron la soleá de una manera brillante, demostrando la compenetración de un trío consolidado a lo largo de los años. Álvaro Mora ofreció un toque sutil, acariciando las cuerdas con una precisión milimétrica; que con el cante cabal de Jonatan, el recital adquirió esa flamencura que complementaba la instrumentación anterior. María Canea reapareció con fuerza y traje estampado con brillo para adentrarse en los cantes de Alcalá, acordándose de Manolito el de María. De nuevo, aunque el sonido no acompañó al trabajo de pies de Canea, el público interrumpió con aplausos en varias ocasiones a la elegancia de sus braceos y giros. La soleá culminó en una quietud de pies y un remate de brazos de una factura estética y musical bellísima.

El contrapunto llegó de la mano del cuarteto instrumental liderado por Moya y Serrano, presentando temas de Coincidencias, el último trabajo del pianista. La creación denotó un profundo conocimiento cruzado de blues, jazz, música clásica y flamenco, sumiendo al Espace Culturel en un silencio de absoluto respeto. Especialmente grata fue la sorpresa de la instrumentación inspirada en Falla; escuchar la armónica asumiendo ese protagonismo escoltada por un piano que cabalga con excelencia entre lo clásico y lo jondo animó al público francés a acompañar con palmas.

El broche de oro llegó con todo el elenco sobre las tablas por bulerías (La Maleno, obra de Moya). Fue la fusión definitiva de los dos espectáculos paralelos que habían convivido en la noche: el virtuosismo del piano y la guitarra alternándose en falsetas, para dar paso al cante, al baile y, finalmente, a la armónica de Serrano, que esparció la excelencia de su compás al viento para rematar la faena.

El caluroso aplauso del público de Lagrasse fue recompensado con un bis por rumbas instrumentales.

Isidoro Cascajo

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