Ortodoxia y personalidad en la Suma Flamenca de Madrid con Jesús Castilla y Samuel Serrano
Dos voces, dos personalidades y una misma manera de defender la pureza del cante flamenco de estos dos gaditanos en Suma Flamenca de Madrid. Uno de Chipiona, el otro de San Fernando. Dos formas de interpretar los mismos cantes que, sin embargo, suenan completamente diferentes. ¿Es cuestión de voz? Evidentemente, pero la verdadera diferencia reside en la personalidad cantaora de cada uno.
Bajo el título De Chipiona a la Isla, el Centro Cultural Paco Rabal de Vallecas acogió un encuentro entre dos cantaores que entienden la ortodoxia desde sentimientos distintos, pero con idéntico respeto por la raíz.
Abrió la noche Samuel Serrano, con un recorrido por alegrías, soleares, siguiriyas, sevillanas y bulerías, rematando con un fandango a pelo que terminó de conquistar al público. Su voz tiene ecos rancios, recuerdos de Rancapino y ese desgarro que estremece las entrañas al más puro estilo de Agujetas. Pero Samuel no es Rancapino ni Agujetas. Samuel Serrano es él mismo, un cantaor con personalidad propia, capaz de transmitir la hondura del cante desde la verdad de su garganta.
Después llegó el turno de Jesús Castilla, el cantaor de la Isla, con una voz más limpia, pero igualmente cargada de sentimiento. En su cante aparecen ecos de grandes maestros, especialmente de su paisano Camarón, aunque Jesús ha sabido construir un sello propio. Lo demostró por alegrías, fandango minero y taranto, tangos, soleares y bulerías, soltando el micrófono para cantar a pelo y culminando con un fandango bravío que levantó al público de sus asientos.
Dos maneras de entender el flamenco dentro de la pureza. Dos voces que dicen lo mismo, pero lo expresan desde sentimientos diferentes.
Ambos estuvieron acompañados por la magnífica guitarra de Paco León, maestro del toque, aunque, a mi juicio, con un volumen excesivamente alto en algunos momentos. En las palmas y el compás, Diego Montoya y Tate Gómez demostraron su categoría, aportando precisión y conocimiento, aunque su acompañamiento quedó demasiado bajo en la sonorización.
Con un lleno absoluto, los dos cantaores se entregaron sin reservas y encontraron la respuesta de un público que terminó puesto en pie. Una noche de cante por derecho, de ortodoxia y personalidad, donde quedó demostrado que la pureza no está reñida con la identidad de cada artista.
Quizás solo faltó un detalle para redondear la velada: un pequeño fin de fiesta compartido entre estos dos amigos y compañeros de cante. Habría sido el broche perfecto para un encuentro en el que, desde Chipiona hasta la Isla, el flamenco habló con dos voces distintas y una misma verdad.
Juan José Gil Sánchez para Flama
Fotografías: Ricardo Carrillo de Albornoz





