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Rocío Molina juega en otra liga y conquista la Suma Flamenca con «Caída del Cielo»

1 noviembre, 2026

La bailaora malagueña deslumbró en Suma Flamenca de Madrid con una propuesta valiente, provocadora y profundamente flamenca, demostrando que la innovación y las raíces pueden caminar de la mano. A veces, una conversación entre dos espectadores resume mejor que cualquier crítica lo vivido sobre un escenario. Anoche, en la Sala Roja de los Teatros del Canal, mientras Rocío Molina desplegaba su universo artístico, alguien comentó: «Esto es estar en otra liga». La respuesta de su acompañante fue todavía más contundente: «Una liga en la que solo está ella».

Y posiblemente no les faltaba razón. Antes incluso de finalizar Caída del Cielo, el público ya se había rendido ante la sabiduría escénica de una artista que ha hecho de la libertad creativa su principal seña de identidad.

Desde el comienzo quedó claro que aquello no sería un espectáculo convencional. Los músicos ocupaban el escenario mientras Rocío, camuflada bajo una especie de bata japonesa, sorprendía tocando la batería con una energía cercana al rock andaluz. Después llegó el silencio. La bailaora, vestida de blanco y con bata de cola, permaneció inmóvil durante varios minutos, desafiando al tiempo y a la paciencia del espectador. Hasta que, casi imperceptiblemente, su cuerpo comenzó a despertar, acompañado por una sutil atmósfera electrónica, dando paso a una danza de una belleza y complejidad que bien merecería ser estudiada.

Habrá quienes cuestionen si esto es flamenco, quienes no compartan su lenguaje o quienes prefieran otras formas de entender el baile. Pero resulta difícil negar la flamencura que desprende Rocío Molina. Porque el flamenco no reside únicamente en las formas, sino también en la verdad de quien lo interpreta. Y de eso, Rocío anda sobrada. Provocadora, sensual, atrevida y profundamente personal, se desnuda y vuelve a vestirse sobre las tablas sin abandonar el escenario. Su cuerpo se convierte en instrumento, territorio y lenguaje. Dialoga con el suelo, lo acaricia, lo golpea y lo desafía. Un baile que nace de sus entrañas y reivindica, sin complejos, la condición de mujer.

Caída del Cielo es precisamente eso: un viaje hacia lo desconocido, un descenso entre luces y sombras, entre el silencio y el ruido, entre la fragilidad y la fuerza. Una travesía donde el cuerpo se quiebra, se reconstruye y termina celebrando su propia existencia. Una propuesta que profundiza en las raíces flamencas al mismo tiempo que las cuestiona, enfrentándolas a otros lenguajes musicales y escénicos sin perder su identidad.

Y en ese universo tiene mucho que decir el extraordinario acompañamiento musical. La guitarra de Óscar Lagos, el cante y bajo eléctrico de Kiko Peña, el compás y la percusión de José Manuel Ramos «Oruco» y la percusión y electrónica de Pablo Martín Jones construyeron un paisaje sonoro imprescindible para entender la dimensión de la propuesta. Música y baile caminaron juntos, sin subordinaciones, dando forma a un espectáculo de enorme intensidad artística.

Rocío Molina no busca agradar a todos ni acomodarse a lo establecido. Investiga, arriesga, provoca y, sobre todo, crea. Su baile puede resultar incómodo para quienes entienden el flamenco desde posiciones inamovibles, pero precisamente ahí reside buena parte de su grandeza: en demostrar que se puede mirar hacia el futuro sin renunciar a la memoria. Y llegados a este punto, merece también un reconocimiento a Antonio Benamargo, responsable de una programación que demuestra, edición tras edición, que la Suma Flamenca cada vez suma más. Porque hay que tener conocimientos, experiencia y, sobre todo, una mente abierta para ofrecer en un mismo festival la ortodoxia y la pureza de Farruquito junto a la libertad creadora de Rocío Molina. Dos maneras diferentes de entender y expresar el flamenco que no se enfrentan ni se excluyen, sino que enriquecen un mismo patrimonio artístico.

Antonio Benamargo lleva muchos años conviviendo con artistas, conociendo sus inquietudes y entendiendo los distintos caminos por los que transita este arte. Esa experiencia se refleja en una programación diversa, valiente y alejada de prejuicios.
Anoche triunfó Rocío Molina, pero también triunfó Antonio Benamargo. Porque programar flamenco no consiste únicamente en llenar teatros, sino en abrir puertas, despertar inquietudes y demostrar que este arte sigue vivo, creciendo y evolucionando.
Enhorabuena a Rocío Molina por seguir siendo ella misma, por su valentía y por demostrar que se puede ser innovadora y profundamente flamenca al mismo tiempo. Y enhorabuena a Antonio Benamargo por conseguir que la Suma Flamenca sea un espacio donde todas las formas de sentir y entender el flamenco tengan su lugar.

Juan José Gil Sánchez para Flama

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