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Agujetas Chico, raíz y libertad en una tarde sin artificios dentro del ciclo Flamenco lo serás tú

19 abril, 2026

Hay tardes flamencas que no se anuncian como memorables, pero acaban ardiéndonos por dentro. Así empezó todo en el Museo Interactivo de la Música Málaga (Mimma), donde el ciclo Flamenco lo serás tú volvió a levantar un pequeño templo efímero para los que sabemos que el flamenco, cuando es de verdad, no se explica.

Cuando apareció Antonio Dorrey Agujetas Chico, no hizo falta más que su presencia para entender que lo que iba a suceder no era un concierto al uso. Era herencia viva. Era memoria.

Comenzó por soleá, a pelo. Sin red. Y en ese primer quejío ya se intuía el peso de su sangre. Después, casi de forma orgánica, tomó la guitarra y empezó a acompañarse a sí mismo, algo que en el flamenco sigue siendo un gesto poco común, pero que en él fluye de manera natural, como si cantar y tocar fueran una misma respiración. Fue magistral.

Hubo un momento que me marcó especialmente: afinó la guitarra con una app del móvil, colocó la cejilla y, sin transición, dejó caer ese verso que se clavó en el aire: “sé encontrar la manera de luchar por amor, cogí el fuego con las manos y me quemé…”. Ahí ya no estábamos solo escuchando; estábamos dentro.

Siguió desgranando letras como quien abre heridas con dulzura: “lío y enredo envuelven mi alma, se rompen mis cristales y no pasa nada…”; y el público, en silencio primero, empezaba a responder con ese lenguaje único del flamenco: los “oles” que nacen sin pensarlos.

Los tangos de Triana trajeron otro pulso, otro color. Más de uno se movía en la silla mientras él cantaba: “Qué bonita está Triana cuando le ponen banderas republicanas…”; allí había verdad, y la verdad siempre encuentra cuerpo.

En un gesto casi simbólico, se desabotonó la camisa. Ya estaba dentro del cante. Ya no había distancia entre él y nosotros. Solo ese calor especial: “Qué raro se siente cantar por seguiriyas a la una de la tarde, pero creo que me está sentando muy bien”, dijo y el público le respondió con risas y un “lo estás haciendo de maravilla chiquillo”. Luego anunció una malagueña “pa todos vosotros”. Ahí terminó de conquistarnos. Los “madre mía” empezaban a escaparse sin permiso mientras su voz y su guitarra caminaban juntas con una naturalidad que desarma.

En un momento especialmente honesto, habló de su saga. Cinco generaciones de cante, yo el único en tocar la guitarra, un peso y también un orgullo y así recordó a su abuelo y dejó salir ese “ayeo” ronco, profundo, que no se aprende: se hereda, se siente y se transmite.

Siguió por fandangos, manteniendo ese hilo invisible que nos tenía completamente atentos, hasta que decidió romper la tradición. “Normalmente termino por bulerías de Jerez… pero hoy no me apetece.” y en esa decisión también había personalidad, libertad. Cerró con un tema propio, nacido en pandemia, dedicado a su mujer (la bailaora Beatriz Morales). Empezó por media granaína y desembocó en bulerías. Fue un final distinto, pero profundamente suyo.

Cuando dijo “muchas gracias y bendiciones para todos”, el aplauso no era solo reconocimiento: era gratitud. Entre el público se encontraban artistas y aficionados, gente que entiende lo que significa lo que acabábamos de vivir. Y luego, ya sin focos, la terraza de MIMMA nos ofreció un pequeño respiro. Un tapeo exquisito, conversaciones cruzadas, sonrisas aún encendidas. Allí, más cerca, el artista se dejó saludar, fotografiar, agradecer. Sin escenario, pero con la misma cercanía.

Salimos con la sensación de haber asistido a algo auténtico. De esos momentos que no necesitan artificio. Solo un hombre, su voz, su guitarra… y una historia que sigue latiendo y que sigue dejando huella en el flamenco.

Laura Di Benigno para Flama

 

 

 

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