Opinion

Pedro Guerra (Músico)

31 enero, 2012

Mi llegada al Flamenco es tardía. Mis referencias culturales han estado siempre más cercanas a Cuba, Venezuela, Brasil, Argentina… Incluso debo reconocer ciertos prejuicios, absurdos, como todo lo que se elabora previo al conocimiento real de las cosas. Es en Madrid, a partir del año 1994 que yo empiezo a tomar conciencia de toda la riqueza encerrada en la palabra Flamenco.

Por encima de todo, soy músico, y el Flamenco no puede dejar impasible a nadie cuyas venas tiemblan ante el milagro del ritmo y los sonidos. Folklore, música del pueblo, potencia creadora transmitida de generación en generación, contenedor de las alegrías y los sufrimientos de toda una comunidad.

Camarón, Paco de Lucía, Enrique Morente, Carmen Linares… ¿Puede alguien resistirse a un derroche de talento y sabiduría de esas dimensiones?

Y ahora, Miguel Poveda. Este es el flamenco que yo he conocido. Hay muchos más nombres, pero sirvan estos como vanguardia que me reta y me arrastra a querer saber, a conocer y a que nunca sea suficiente lo sabido.Todo lo que puedo decir del Flamenco es desde la absoluta ignorancia del género. Mi cercanía viene dada por la profunda emoción que me causan los quejidos y los desgarros de esta música que nace en un lugar e inevitablemente, en la voz y en las interpretaciones de todos y todas, se convierte en un canto universal, en una sensibilidad global. Abraza el mundo. Si de algo debo arrepentirme, me arrepiento de haber tardado tanto en llegar a este universo de emoción: Flamenco.

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