Opinion

Borja Cassani. Periodista y editor.

3 diciembre, 2017

Enrique Morente era un genio por su autoexigencia, porque un artista de verdad tiene que buscar algo que solo intuye. También por su falta de oportunismo, por los riesgos que corrió cuando no tenía por qué, como fue el caso de Omega. Si te ganas la vida fenomenal, ¿a qué te metes en un cristo que te puede hundir? Veinticinco años después dicen que es lo mejor que se ha hecho, pero a cambio tienen que pasar esos 25 años. Morente representa la parte mágica que reivindico del arte. Hay gente que con dos cositas inaugura un mundo.

Yo no soy ningún experto, vengo del pop, pero digamos que, de los sonidos autóctonos de nuestros alrededores, el flamenco es la música vanguardista, la más profunda y capaz de desarrollar más sensaciones. El pop tiene gracia y esa sentimentalidad de tres minutos. El flamenco es lo contrario, el desarrollo extenso, momentos increíbles a los que se llega sin saber cómo.

Hay tres o cuatro discos importantísimos —estoy pensando en Camarón y La leyenda del tiempo, en Kiko Veneno y pocos más— que han transformado la parte española de la música popular. Eso seguro, pero sobre todo son una llamada de atención sobre la falta de ambición de la industria musical. Que este sea un país donde solo hay tres o cuatro discos legendarios es algo anómalo.

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