Opinion

Álvaro de Luna. Actor

31 marzo, 2015

Una parte muy importante de la sensibilidad de nuestra cultura. Grito del alma, de un pueblo, su forma de expresión, de bailar, de cantar. Aunque veo yo mucho edulcorao, no es el flamenco en sí. Pero cuando te llega un cantaor o un bailaor… de cuando yo era joven… en aquel Corral de la Morería… Es una cosa que no es que te gusta, es que te emociona. Porque es la emoción de la expresión, y cuando me gusta, ocurre en una tabernita, en  un amanecer, en un teatro… pero no sé dónde empieza y dónde acaba el flamenco.

Mi viejo amigo Antonio Gades está considerado como un genio. Recuerdo que en Roma – donde lo conocí -, cuando salió al escenario se hizo un gran silecncio. Todo el mundo enamorado de sus movimientos y de su aire.

Es muy de la entraña, y luego cuando te acercas y ves que hay una cultura de padres a hijos, hay verdaderas dinastías. Generaciones escuchando, y les sirve el conocimiento, y son capaces de reproducirlo, aunque después no se parecen unos a otros.

Es un arte que sale directamente de la entraña. Sale de algo más hondo que del corazón. Es más libre que la interpretación. El arte de la interpretación, es como la misma Lola Flores. Estuve en un programa de TV con ella, y ya estaba malita, entré al camerino, y antes de salir al escenario la vi como cansada, y después ante las cámaras era un vendaval.

El flamenco es de un pueblo y de unas generaciones; no es una raza o etnia. El flamenco es de los gitanos y de los payos. El arte lo tienen unas minorías, de familias, de tradición; aunque es internacional. Y además a uno le gusta sentirse dentro de esa expresión, que recibimos esa cultura. He visto flamenco en Tokyo, y era sorprendente, lo hacía perfecto, era increíble. Pero no emocionaba. El pellizco es el artista, que lo tiene o no lo tiene.

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