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Yerai Cortés, una guitarra ‘sola’ con vida propia

30 agosto, 2026

Flamenco On Fire 2026 volvió a confirmar el éxito de público en su decimotercera edición al volver a colgar de nuevo el cartel  ‘No hay billetes’. El flamenco ha convertido una temporada baja en una semana de alto interés cultural y turístico en Pamplona. El Auditorio Baluarte recibió anoche a uno de los artistas más prometedores de la nueva generación del flamenco auténtico. Con su espectáculo Solo, Yerai Cortés redujo el escenario a lo más esencial: una guitarra, una silla, un foco y sus dos manos – así como sampleados y sonidos electrónicos de fondo, y diálogos en off de sus propios padres. Se podría decir que es casi un verdadero reto a los conciertos de guitarra flamenca de las últimas décadas, donde se impuso la estructura del sexteto de Paco de Lucía.

El artista alicantino apareció solo, abrigado por el silencio. Amigo de la ausencia de sonido, tras el gran despliegue de su anterior proyecto ‘Coral’ ofrecido en la edición anterior del festival, este recital proponía el camino inverso: quitar capas y volver al origen.

El concierto tuvo notas familiares y autobiográficas. La malagueña inicial estaba dedicada a su padre andaluz, apoyada en sutiles sonidos sampleados; llegó con una sentida confesión: “Esta malagueña tiene el olor de mi padre y sus rasgos, su cara, sus ojos… Le debo a mi papa estar aquí porque me puso la guitarra en las manos”. Un sobrecogedor sonido en off relató la historia de la detención de su padre, ilustrando sonoramente la llegada de la policía con perros a su casa; un fragmento íntimo que conecta con la historia personal que el artista ha llevado a su reciente película. Por siguiriyas, y bajo un foco frontal que parecía un interrogatorio, resonó el recuerdo de su madre en off a través de su «refrán favorito» – según indicaba ella misma en el audio: “No soy frágil como una flor, soy frágil como una bomba”.

Un recital con vida propia
Yerai demostró a lo largo de la noche su inmenso talento para descomponer los estilos clásicos y reconstruirlos con un lenguaje propio. Tras un largo silencio, transitó por la taranta, seguida por farruca, donde la iluminación jugaba con las sombras (cenital, derecha, izquierda) bajo diferentes efectos sonoros, como sirenas, tormenta o algunos inclasificables pero siempre a compás. Su toque impecable enlazó picados, falsetas o alzapúas en lo que parecía una canción ininterrumpida.

El clímax llegó con el toque por romance, a lo panaero. Recordando los aires de Diego del Gastor, su pulsación perfecta se acompasaba únicamente por el compás de sus pies y unos efectos sonoros envolventes. Hubo también espacio para melodías por bulerías de Pastora Pavón («Yo me asomé a un pino verde…»). Interrumpiendo en ocasiones los propios aplausos del público para seguir tocando, como si el recital tuviera vida propia y no pudiera interrumpirse por un ‘objetivo superior’. El guitarrista se confesó: “Me emociona tocar para tanta gente y compartir estos momentos de cuando toco solo en mi casa”.

Tras unas ‘Alegrías de Alicante’ de su propia cosecha, el recital culminó por tangos con sugerentes aires morunos. El público despidió en pie esta magistral y actual lectura del toque de concierto. Ovación, dos orejas y rabo. “Me voy corriendo a ver a mi amor a Madrid…”, anunció antes de regalar unas últimas y vibrantes bulerías con un pie en la silla.

Isidoro Cascajo

 

 

 

 

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