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Tomás de Perrate, sinceridad y ecos jondos en la XX Bienal de Sevilla

21 septiembre, 2018

Tomás Fernández Soto (Utrera, Sevilla, 1964) es, posiblemente, el metal y la voz más jonda que hay en Utrera en la actualidad. Una localidad que ha sido pulmón del flamenco durante décadas, y que en la actualidad parece haber quedado huérfana con un salto de generación que no se ha dado. Aunque hay alguna excepción, como Tomás de Perrate, quien nos dejó boquiabiertos el 19 de septiembre en el Teatro Central durante la XX Bienal de Arte Flamenco de Sevilla. Tomás muestra sinceridad y autenticidad, la que le transmitió su padre, Perrate de Utrera. Se le ve una parsimonia y unas formas artísticas sobre las tablas. Y en ese paradigma parece que se encuentra Tomás, entre la soledad del cante jondo de Utrera y las ganas de innovar, ya que mantiene la raíz (su eco no lo puede negar), pero a la vez apuesta también por dar frescura y nuevos aires al flamenco. Lo hace de una forma muy cabal. Dejó también patente su amor por Piazzolla y por el tango argentino.

Desde luego, la Bienal es un gran laboratorio flamenco en el que está habiendo alguna que otra explosión, pero también se están encontrando nuevas y dignas vías de mostrar el flamenco del siglo XXI, de esta música viva que sigue encandilando. Es que la toná o el romance en boca de Tomás tiene otro gusto, sabe diferente. Parece que va a media voz, pero con la que Dios le ha dado, es suficiente. Suena a rancio, a pureza. La batería de Antonio Moreno tuvo un protagonismo algo exagerado que, en algunas ocasiones, tapaba la voz protagonista. De Alfredo Lagos, solo decir que es uno de los tocaores más sólidos y armónicos del momento. Tomás salvaguarda el cante por siguiriyas como si fuera el santo grial. ¡Qué capacidad, qué sinceridad! Tomás huele a Utrera, pero con su toque de originalidad y maestría. Ecos arabescos y buen latín gitano. Ole. El toque de Alfredo en la siguiriya muy original; en algunas veces muy rápida, pero que sonaba diferente pero única.

Opaíto de mi vida / no puedo andar / que se me han roto las alpargatas / y se me ha clavaíto un cristal. Versos que en su boca saben a gloria.

Después de pregonar el mercadeo, con alta maestría; aparece uno de los artistas invitados a la guitarra eléctrica, que no aportó gran cosa, Raúl Refree. El utrerano entonó una toná aliñá, ya que tenía esencia de Tomás. A todo se le buscan las vueltas en esta ecléctica Bienal. Aunque el maestro demostró que, a veces, lo más difícil es hacerlo sencillo. A veces sabe mejor la comida de toda la vida que la deconstrucción… a lo máster chef. En las denominadas por Tomás como seguidillas del Alosno, aparece la actual matriarca del cante jondo, Inés Bacán. Ambiente íntimo. Y con Tomás e Inés, la jondura de otros tiempos aparece como un fantasma. Por nana y soleá. Aquí nos tenemos que acordar de los versos de Ella Wheeler Wilcox: “Ríe y el mundo reirá contigo; llora y llorarás solo”. Podría ser la máxima de la soleá. Y a este arte no se le pueden añadir florituras; acaba con la grandiosidad. Algunas veces es como echarle ali oli a una gamba blanca de Huelva. El flamenco es vida, a veces hay que sacarlo del laboratorio para que le dé el aire. Y es que mezclar la jondura con una guitarra eléctrica ya no es ni provocación ni moderno. Es antiguo, desde que cantara Manuel Molina con los Smash a finales de los 70 ya ha llovido.

A pesar de que vivimos una época mestiza en la que nada es lo que parece, Tomás se reinventa y recupera su sitio. Nudillos en la mesa y cante por soleá. Del eco que tiene parece que suena a vinilo (que suenan mucho mejor que los CDs), a puerta de castaño. Soleá de los panaeros. Aquí Antonio Moreno estuvo muy acertado haciendo el compás a base de nudillos, plato, cuchara y botella. Pa quitarse el sombrero.

Homenaje a su padre Perrate y a Diego del Gastor (quien lo acompañaba habitualmente) en las soleares de la Serneta. Un aficionado llegó a jalear: “¡Viva el flamenco!”. Y es que cada vez que alguien hace las cosas a la vieja usanza, los auténticos aficionados saltan sin previo aviso. ¿Duende?

Y nos deleitó con un cuplé por bulerías, tan típico de su paisana Bernarda de Utrera. Alfredo, impecable, emocionante toque. Para rematar la faena, Tomás ejecutó unos tangos de Piazzolla, pero que sonaban más a Utrera que a Argentina. Ole. Después de unos tangos griegos, fin de fiesta con una chacona, una danza de siglos de historia, que el flamenco remató por bulerías. Menos mal que nos queda Tomás de Perrate.

Isidoro Cascajo de la Barrera-Caro
Fotos: Óscar Romero

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