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Rocío Molina sorprende con ‘Grito Pelao’ en Teatros del Canal de Madrid

1 octubre, 2018

La escena abierta, cuadrilátero dentro de otro cuadrilátero y limites de arena blanca. Así se presenta la nueva obra de la bailaora malagueña Rocío Molina: Grito Pelao, que ha representado junto a Silvia Pérez Cruz en los Teatros del Canal del 26 al 28 de septiembre con el cartel ‘No hay billetes’.

Sonido de otra galaxia, quizás en la memoria reconozco sonidos de fluidos, que fluyen, reconocidos con plenitud por los sentidos, pero sin nombre,  escuchados en algún estado de nuestra vida, ¿quizás el gestante? Suena a tormenta, a olla de bronce en ebullición, a cascada que golpea fuerte en la caída y ensordece los oídos, o incluso a probeta de un físico,  de un mago que en su olla, también de bronce mezcla secretos que pertenecen a fórmulas mágicas de esas de origen desconocido.

La escena se tiñe de principio a fin y en un sin fin de dibujos-luz, alumbramiento escénico lleno de  trazos, de tonalidades abiertas al cambio, a la exploración cromática y plástica.  Fisuras, raíces y grietas que Carlos Marquerie como dramaturgo, director de escena, pintor, escenógrafo e iluminador expone como un grito plástico que vestirá  la obra, la performance, la danza , la exposición, el cuento, la ventana por la que nosotros público entramos con nuestro ojos y nuestros oídos a empatizar con la historia.

La historia real en presente de Rocío Molina gestando durante más de 6 meses a su ñiña, real también  su madre Lola Cruz gestando sus primeros momentos en escena con su hija y real   la historia del parto  hace 10 años contado por Silvia Pérez Cruz  y hoy  como comadrona  llevando su voz a una exploración mas física, entregada al proceso dancístico, a la expresión hecha gesto,  sin barreras creativas, entre cuerpo, presencia, voz y sonido.

Soy… yo soy… y yo soy … así inicia el primer diálogo entre ellas y a oídos de todos.

Se habla de aplicaciones para móviles que comparan las semanas de gestación con frutas. De no traer otra mujer al mundo con apellido Cruz… e inicia la danza.

Anda abuela échate un baile pa tu hija ( pide la bailaora a Lola Cruz) y desde el silencio danza Lola. Apoyada en una mesa- barra, movimientos estilizados de piernas , gestualidad de tango sensual, madre sensual  canta Silvia. Sus movimientos de piernas dibujarán el cante, y  Rocío en primer plano imitará su danza para después acompañar a Lola en su baile. De pareja, de apoyo, de jugueteo, de disfrute, entre madre e hija, cómplices de travesuras.

De la vía Láctea,

del pecho semental

amor probeta

latido de hospital.

Semen y calostro

de un juicio penal

de un juicio penal

Traspasa el suelo,

la pelvis y el corral.

Del polvo sin tierra,

sin ritual (…).

Tango de la Vía Láctea, de Silvia Pérez Cruz

Escenas de mujeres solas, de dúos, de tríos, las que vemos y la otra vida que intuimos, en la que pensamos atravesando con la mente la redondez de una tripa preñada que a cada instante pareciera tener mas presencia en escena y que es tan real que impone que forme parte del “lio”.

Cada cante, cada canción, cada monólogo, cada diálogo, configura una estampa que conecta o cuestiona. La más emotiva para mi, Rocío Molina sentada en la arena sosteniendo en sus brazos a su madre y sosteniendo en su tripa a su hija.

Grito pelao regala el estado más puro de una bailaora, que ya poco le importa el intento de ser, que ya es Danzaora y que gestante baila como gestante, guiada por lo que en cada momento le indica su vida, en lo que está su presente, su estado emocional, tal vez la obra mas flamenca si hablamos de que el flamenco es verdad y de ahí nace lo puro. Flamenco que baila lo que se vive  como se vive y que sabe que el cante , los ritmos, los compases, los silencios no solo se ciñen a un nombre de un palo, de un estilo flamenco sino que  determinan y cuentan estados emocionales, estados anímicos.

La flamencura de Rocio aparece todo el tiempo, sea por taranto recordando a Fernanda Romero, por soleá, por alegrías… conoce, admira a otras bailaoras que desde niña incansable ha estudiado y en las que se ha inspirado.  Viéndola a ella, a Rocío Molina esta noche y amando el  baile flamenco como lo amo, reflexiono, ¿no es flamencura desnudarse el alma bailando ante el público que te desconoce, ponerse a gritar con desplantes con cada milímetro del cuerpo, lo que te da miedo o que te cura?

La malagueña esta noche  envuelta en un millón de mantones de seda como tantas y tantas mujeres flamencas que escondieron sus tripas y sin levantarse de una silla me responde inmediato a mi pregunta; la desnudez siempre acompaña al artista flamenco que se expone sin limites.

Rocío Molina con Silvia Pérez Cruz crean un clima. Conducido por la mirada de Elena Córdoba, coreógrafa  y bailarina contemporánea con un recorrido muy amplio en cuanto a  observación  del  cuerpo y que ya dejo constancia en los cambios de lenguaje de la bailaora en su anterior trabajo Caída del cielo. En esta ocasión profundiza más y arrastra a Pérez Cruz,  en donde la voz no es sólo un instrumento sino, un estado corporal y dancístico y en donde el cuerpo desnudo de mujer en escena en estado gestante con el contexto, la plástica, la voz, la música, el sonido, pareciera hacer un recorrido por el arte que expresa la feminidad desde hace siglos. Pinturas, esculturas, grabados y danzas efímeras en un contexto clásico o  contemporáneo, expuesto cada día en los museos y espacios escénicos del mundo.  Obras  dignas de transmitirnos emociones que conectan con la belleza, o lo sublime o nos someten a  repulsas, nos ponen en contra  o  son motivo de disputas, pero que en nuestra memoria conviven y por ello darán miles de frutos, de ideas, de acciones creativas.

Begoña Castro para Flama
Fotos: Paco Lobato

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