Noticias

Perrate inaugura musicalmente el Museo Romano durante el Festival Flamenco de Nîmes 2019

15 enero, 2019

Hay artistas que hagan lo que hagan suenan o saben a flamenco. Rezuman flamenco por los cuatro costados; y esto va más allá de la ortodoxia o la heterodoxia. Porque el recital que ofrecieron el lunes 14 de enero Tomás de Perrate y Alfredo Lagos en el Museo Romano durante el Festival Flamenco de Nîmes también jugó y puso al flamenco en jaque, pero de una forma cabal.

El artista vino a defender, cual gladiador en la arena, su posición hegemónica no solo en Utrera, sino que Tomás se está convirtiendo en un referente del cante flamenco contemporáneo. Y junto a las Arenes de Nîmes no solo se defendió, sino que sentó cátedra ante un público que abarrotó una sala de pequeño formato y acústica, lo cual aportó todavía más calidad al espectáculo. Y se mostró «orgulloso de inaugurar con música flamenca» un edificio muy simbólico en una ciudad ‘romana’.

El utrerano abrió el recital con un romance, el de Melisenda insomne. Una canción anónima de mediados del siglo XVII en la que se fusionaban los versos con la voz rancia de Perrate, y la dulzura del jerezano Alfredo Lagos; un toque a tener muy en cuenta, ya que es muy personal y sensible.

Tomás de Perrate continuó el recital con otra rareza, seguidillas mitológicas del siglo XVIII del Alonso, del castellano antiguo. A juicio del mismo artista, «es una adaptación muy personal a un cante que es matriz de las sevillanas, los fandangos de Huelva o, incluso, de la bulería». Desde luego, fue un regalito al respetable, con un toque embelesador de Lagos. A compás flamenco con ecos arcaicos. Una heterodoxia jonda, única y personal. Sabiendo estar sobre las tablas. Con gestos de humor y de arte, que el público comprendió a la perfección.

Y ya se metió en verea, por soleá de Alcalá, que la supo modular a los estilos de Utrera y Lebrija, un viaje sonoro por una campiña que todavía atesora y acoge algunos de los ecos más cabales. Un viaje por recuerdos familiares… y muy despasito. Además, Tomás explicaba lo que iba a ejecutar, debido a la complejidad de las obras, lo cual, pues hizo muy asequible al público el espectáculo. A continuación mostró unos tangos que «los hizo un amigo mío, y que es una mezcla entre el Rosa María del Camarón y unos tangos griegos». Las entradas, los remates, los cambios de ritmo y de tercio… todo lo hizo de forma distendida y, siempre, con un tono jocoso y de humor, que la audiencia captaba al momento. Un público aficionado y entendido, que disfrutó al máximo de esta ‘sorpresa’ del festival en el Museo Romano.

Las «bulerías de la casa», como él mismo denominó, las ejecutó como si estuviera en su intimidad, incluso con letras familiares. Y en esa onda ofreció todo el recital. Muy relajado, despacio y con sumo gusto. Desde luego, Tomás no solo tiene un metal portentoso, sino un estilo muy personal, lo que lo convierte en uno de los grandes del cante flamenco en la actualidad; pero, a la vez, inconformista. Se mueve en la silla, inquieto y curioso, buscándose…

A continuación, ejecutó unas siguiriyas que aprendió de unos aficionados en Lebrija, y la cantaban a tempo. Y él mismo decía que creía que este estilo no respondía a ningún tiempo, pero a partir de ahí «descubrí que la magia está en el tempo. No hay cante flamenco que no esté sujeto a un pulso. Pero antes, voy a cantar un pregón». Iba improvisando según lo sentía. Otro regalito… con ese eco, esa lentitud, sin prisas, y sintiéndolo. Virtuosismo de nuevo en el toque de Alfredo Lagos, en completa armonía a la voz del de Utrera. Y llegó otro momento de fusión con el tango argentino de Piazzolla. Aquí demostró que tiene más recursos. Esa voz tan especial, no se queda en los graves, sino que tiene la capacidad de transformar los quejíos en tonos más dulces. Algo no habitual en ese tipo de voz. Amplitud de melismas y tonalidades.

Una vez terminó el recital, tuvo que volver a las tablas para despedirse, ante la insistencia de las personas que abarrotaron este espacio tan especial, donde no habría más de 200 personas, lo que hizo que la noche fuera muy especial e íntima. Se despidió con una canción de boda, «muy antigua, del medievo. Los gitanos somos muy de bodas», comentaba Tomás ante las risas del respetable.

Isidoro Cascajo de la Barrera-Caro

Comentarios (0)

Publicar comentario

Name
Email