Noticias

Pastora Galván, ecléctica escuela sevillana en la XX Bienal de Sevilla

20 septiembre, 2018

Antes de comenzar, destacar que había algo de confusión entre el público, ya que la mayoría de los asistentes creíamos que el espectáculo iba a ser Israel y Pastora Galván, como rezaba en el mismo programa de mano: Compañía de Israel Galván con Pastora Galván. La sorpresa fue que para interpretar La Edad de Oro, la intérprete ha sido la hermana del creador de la obra dieciocho años después de su estreno. La Edad de Oro fue un poco el origen de la movida contemporánea del flamenco, allá por los inicios del nuevo siglo. Baile fragmentado, desordenado… nacía por aquella época un nuevo concepto de danza flamenca.

Pastora comenzó este remake, programado para el pasado 19 de septiembre en el teatro Lope de Vega dentro de la XX Bienal de Arte Flamenco de Sevilla, sin música, marca de la casa. Únicamente con los sonidos generados por los chasquidos de los dedos o el zapateado. Al igual que es perceptible el galvanismo, Pastora es fiel seguidora de la escuela sevillana. Pastora ha sabido recoger el testigo de su hermano, pero con un estilo tan vanguardista como tradicional. Braceo impecable, poses, gestos… Y el descaro del baile flamenco antiguo. Guasa. Pastora es Pastora; y esos son buenos mimbres para poder innovar. A pesar de ser un espectáculo sobrio y flamenco, aunque con las cositas del baile de los Galván, un señor a mi lado, con su chaqueta y pañuelo de lunares, me espeta: “no sé lo que ud. estará escribiendo, pero esto no es flamenco”. Lo cual me sorprende y me hace reír cuando le digo que no ha visto nada (cínicamente). Acerca de una Bienal abocada al modernismo, y así pasará a la historia, como un punto de inflexión en el que de forma incomprensible no han participado grandes figuras del cante; y una excesiva (y obsesiva) búsqueda de la heterodoxia, dando descaradamente de lado al flamenco más tradicional. Incluso sé a ciencia cierta que algunos ortodoxos han tenido que ceder a presiones ‘vanguardistas’ para poder entrar en la programación de la Bienal.

Por soleá de Triana, cabal. A su forma. Como menciono anteriormente, hay mucho de su hermano, pero también la fuerza y el poderío y garra de ella misma, que la tiene. También hizo la caña. Pastora tiene mucho poder de transmisión. Mucha personalidad, le sale el baile desde dentro. Y se nota la naturalidad. Pastora acapara muchos detalles casi imperceptibles, pero que pueden poner los pelos de punta, y casi no se pueden transcribir. Tan sutiles como efímeros, tan jondos como abstractos.

La soleá por bulerías también mantuvo ese ecléctico equilibrio entre la sobriedad y la pureza y la heterodoxia. Verla es como ver la renovación de la escuela sevillana de baile clásico femenino. Además, la sobriedad del espectáculo era patente. En todo momento estaban los tres artistas en el escenario. Miguel Ortega, al cante, y Juan Requena al toque. Todo de negro. Pastora se cambia en una ocasión de zapatos. Y ya está. Aquí es donde quiero mostrar esa fusión entre puro y moderno. El cantaor de Los Palacios, Miguel Ortega, estuvo soberbio en todo el espectáculo, pero los primeros olés los arrancó al público por malagueñas. Y de ahí paso a las verdiales antiguas. Un cante folclórico tradicional de la provincia de Málaga. Y el tocaor precisamente malagueño, Juan Requena, no se quedó atrás. Fue un espectáculo de alta calidad. Sin escenografía, ni luces, ni colores… el negro de fondo y el arte. Sin ganas de provocar. Un espectáculo accesible al público, que de eso se trata. Mientras Juan Requena emocionaba pegando pellizcos a la sonanta, los de Pastora llegaban al alma. y Es que hubo mucho diálogo entre el toque y el baile.

Miguel Ortega volvió a mandar sobre las tablas por siguiriyas. Requena, melódico. Sin baile. También ejecutaron algunos palos de forma exprés, fugaces, pero contundentes. Farruca, tangos de triana, alegrías…

Lo que pasó en las tablas del Lope de Vega fue fiel reflejo de lo que se está viviendo en la XX edición de la Bienal; agónica y abocada a un modernismo que no goza del pecado original, sino que en exceso y con abusos, hace que los aficionados nos volvamos un poco más ortodoxos y escépticos. En defensa de lo que parece que no defienden desde la organización de la Bienal. ¿Por qué y por quién hay tanto interés en dejar a tantos artistas ortodoxos fuera de programación? Y algunos de los que hay se han quejado de que tienen que hacer ciertas ‘modernidades’ en sus espectáculos para poder trabajar. Hay mucho cante, baile y toque ortodoxo y muy bueno; pero les ha llegado el momento de esperar.

Isidoro Cascajo de la Barrera-Caro

Comentarios (0)