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Moneo y Reyes, la gran noche del cante gitano en el Festival Flamenco de Nîmes

18 enero, 2018

El Festival Flamenco de Nîmes 2018 vivió en la noche de ayer su gran gala del cante flamenco. Parece que la mayoría de los festivales, poco a poco, van arrinconando un poco el cante, y el baile se va comiendo todo el protagonismo de las programaciones. Es raro encontrar una noche tan privilegiada para los amantes de ese instrumento natural y privilegiado, la voz.

Luis Moneo, representante de la casa cantaora de Jerez de la Frontera, arrancó por martinete. Parece que estos paisajes tradicionales se están convirtiendo en verdaderas joyas aisladas en los grandes festivales, donde se apuesta más por otros derroteros. Aunque soy moneista declarado, tengo que reconocer que parece que se vislumbró que en la Casa Moneo todavía huele a fragua, y goza de salud y libertad. Olor a fragua y a pureza. Jondura en los tercios y dramatismo en las formas. Ver a un Moneo cantando a palo seco siempre es de agradecer. Fue de lo mejor que pasó en la noche de ayer en la 28 edición del Festival Flamenco de Nîmes.

Acto seguido, como ha sido el caso de otros artistas en el festival, don Luis Moneo se despedía del director artístico del festival, Patrick Bellito, a quien dedicaba las cantiñas. Luis se acordó de El Mellizo en la malagueña. Cante largo y cabal acompañado y arropado por su hijo Juan Manuel Moneo. Es raro, hoy día, ver en un escenario únicamente a los componentes de una misma familia; y Luis estuvo arropado por sus dos hijos, Juan Manuel y Manuel, y el ‘sobrino’ Antonio Sánchez. Por soleá Luis le echó papas al guiso. Fue una de las perlas del cante en el 28 Festival Flamenco de Nîmes. Cante entrecortado y creíble. Con giros y melismas que recordaban, inevitablemente, a sus dos hermanos desaparecidos, Juan y Manuel. Y se volvía a constatar la gran afición del público flamenco de Nîmes. No se escuchaba ni una mosca, la gran protagonista fue la tragedia del eco del representante de la Casa Moneo. Siguiriya, especialidad de Luis, fue el momento culmen del recital. Ayeo herido de muerte, a flor de piel. Silencio del respetable. Te tenía que faltar / el dinero, la salud y la libertad… Bulerías pa escushá, como se diría en Jerez de la Frontera, para la despedida de la gran noche del cante jerezano en el Festival Flamenco de Nîmes.

Antonio Reyes, aclamado en Nîmes

Las más de 800 personas que abarrotaron anoche el Théâtre de Nîmes recibieron a Antonio Reyes con una gran bienvenida… el artista, agradecido. Me encontré, justo antes del espectáculo, a mi gran amigo Dominique, quien trajera por primera vez a Francia a Antonio hace 15 años. Fue en el Festival Flamenco de Grenoble, allá por los inicios del siglo XXI, donde lo presencié. Reyes arrancó con la zambra ‘Gitana Blanca’ de Manolo Caracol, un clásico en el chiclanero. Pasamos, en un momento, de la tragedia jerezana a la dulzura de la escuela camaronera, ya que Antonio es fiel seguidor de la escuela canastera. Destacar a uno de los genios de la guitarra de acompañamiento, Diego Amaya, inconmensurable. La voz de Antonio, melancólica, repleta de melismas. Se notaba que es uno de los cantaores más demandados de la actualidad. Precioso el macho de la alegría. Contenido. Sin chillar, con gusto.

En los tientos, el público llevó en volandas al cantaor gitano de Chiclana de la Frontera en cada tercio. Juega con la voz como le da la gana. Por soleá estuvo más entregado. Algunas veces da la sensación que se parece demasiado a Camarón de la Isla, y Antonio está en una posición que debe tirar más a un estilo más personal. En los cantes más rancios faltaba algo de ‘violencia’ en los remates. La tragedia era dulce, en el mismo tono. Al igual que en la siguiriya, no hubo cambio de registro. En la despedida, por bulerías, destacar el compás y genialidad de Diego Amaya, que estuvo sembrao. El público en pie le demandaba que volviera al escenario, y tras un rato, volvió y cantó unos fandangos. Echamos de menos que, cual antiguamente, salieran los dos artistas juntos e hicieran un fin de fiesta. Faltó chispa a una noche que pudo haber rebosado de jondura, pero el duende es así…

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