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María Terremoto y Pedro Ricardo Miño: el triunfo del rodillo

14 septiembre, 2022

María Terremoto y Pedro Ricardo Miño triunfaron ayer en un Cartuja Center de Sevilla con ¾ de aforo durante la programación de la Bienal de Sevilla 2022. Lo hicieron a base de fuerza, facultades técnicas y derroche de energía, sobreponiéndose a un espectáculo deshilvanado, carente de sentido en sus partes y realizado con criterios indescifrables.

María Terremoto demostró ayer por qué es una figura del presente y apunta a leyenda del futuro. Cargada con un millón de razones vocales, abrumó al respetable con una potencia poco común en el cante. La desplegó sobre un repertorio valiente (qué gusto da escuchar, a estas alturas de siglo, farrucas o marianas, algo diferente) y por encima de una sección rítmica que a menudo la tapaba en los finales. Poner cuatro palmeros y un percusionista es lo que tiene: que impresionas mucho al público con unos cortes sobrecogedores, pero aplastas la música a su alrededor. Populismo musical barato.

Pedro Ricardo Miño demostró por qué es, quizás, el pianista mejor dotado del flamenco actual. Acompañó con brío a la cantaora y se gustó en sus momentos solistas, con mezcla de hondura bien fundamentada y manierismos románticos. Cuando huye de ciertos tics y se libera del lenguaje pianístico heredado, apunta cosas hermosísimas y armónicamente sugerentes, como demostró en los cantes de Levante.

Aparte del talento inmenso de los dos protagonistas, poco bueno se puede decir del “espectáculo”, eso que los artistas tienen que montar para justificar su actuación en la Bienal. La primera parte, demasiado lenta y un poco gritada, pareció lírica, y ver a María Terremoto deambular por las tablas sin ton ni son, además de cantar de pie y mover desnaturalizadamente los brazos contribuye a darle un tono folklórico —coplero— a la propuesta. No hay hilo común en todo el concierto, donde de repente se va el pianista, María se quita los zapatos, se va la otra punta del escenario a bailar en medio de un corro de palmeros que han vuelto tras hacer bulto al inicio del concierto… La segunda mitad, más efectista, tampoco justifica un concepto escénico, musical, una dramaturgia… nada. El espectáculo se llama “Rúbrica” y es así, pero podía llamarse de otra forma o ser diferente, y creo que a nadie le importaría.

La gente, eso sí, salió enardecida, encantada con el dispendio de fuerza y decibelios. Otros, los menos, echaron en falta matices, muchos matices, un pellizco de algo que no fuera vociferado. Yo, si me permiten la nota personal, me fui sin saber qué es lo que se estrenó mundialmente ayer.

Pedro Lópeh para Flama
Reportaje gráfico: Claudia Ruiz Caro

 

 

 

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