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La triplicidad del Ballet Flamenco de Andalucía embelesa en Itálica

23 julio, 2022

La versatilidad que mostró anoche el Ballet Flamenco de Andalucía dirigido por la genial Úrsula López durante el Festival Anfitrión en el Teatro Romano de Itálica, en Santiponce (Sevilla), fue apabullante. La obra, que se repite de nuevo esta noche, se denomina Tríptico. Por la sencilla razón que la actual directora artística de la compañía pública pasó por los estamentos previos: repetidora y solista. Lo cual le brinda la fortuna de conocer en profundidad el trasfondo del Ballet, y lo puso de manifiesto sobre estas tablas con más de dos mil años de historia.

Esa visión transversal le ha aportado frescura, arrojo y valentía para hacer un espectáculo tan sencillo como interesante. Sin grandes escenografías ni recursos externos. El arte estaba sobre las mismas tablas. Pero esa idea inspirada en el 3 no se queda ahí. El espectáculo está claramente definido en tres partes, una primera, denominada El sueño americano, es una muestra de la danza española, la escuela bolera. Con música de Albéniz, algo exquisito, y coreografiado con mucho gusto y sutileza.

La segunda parte, denominada Duende, con la música del mismo guitarrista que interpretó anoche, Miguel Pérez, con mucho gusto. Y que comenzó con una caña para enmarcarla. Contrastó con la música anterior, siendo un bloque ya eminentemente flamenco. Con un zorongo gitano y jondo, tanto en la música como en la coreografía, Javier Conde y Úrsula López, respectivamente.

Y ya en Jondura, el tercer bloque, comienza con unos tangos, en los que Juan de Mairena se acuerda de Manuel Vallejo, y que sonaron a gloria. Las alegrías bailadas por Tomás de la Molía fueron soberbias. Y remataron la noche con unos fandangos con los aires  folclóricos malagueños de los verdiales, que fueron de gran gusto, en el que se supo aflamencar, tanto a nivel musical como coreográfico, de una manera muy acertada.

Hablando de esa triplicidad en la que se inspira la obra de Úrsula López, me aventuraría a alabar también no solo el baile y la coreografía, que fueron exultantes, sino la calidad musical de Javier Conde, tanto en la creación como en la interpretación, que mantenían en vilo al espectador durante toda la obra, con la aportación guitarrística de Miguel Pérez. En cuanto al cante, destacar a Juan de Mairena en particular. Un deleite y un espectáculo de gran calidad y muy fácil de comprender y digerir.

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