La Saeta de Oro de Granada, la verdad en el cante
Las pasadas noches del 16 y 17 de marzo el murmullo constante del agua acompañó las semifinales del Concurso Internacional La Saeta de Oro de Granada en el patio del Restaurante Pilar del Toro. Rodeado de cuadros antiguos de la Alhambra y un altar dedicado a Cristo, el espacio tenía algo de íntimo y recogido, como si preparara al público para lo que estaba por venir. El acto comenzó con un minuto de silencio por Ferreira, que no se sintió vacío, sino necesario, casi como una antesala del cante.
Participaron un total de 29 cantaores, de los cuales solo seis pasarán a la final. Destacó la presencia de voces llegadas de Huelva, Málaga y Sevilla, aunque Granada también estuvo muy presente, especialmente en las letras, muchas de ellas dedicadas a sus vírgenes. No deja de tener sentido, sabiendo que los finalistas acabarán cantando en plena Semana Santa de la ciudad.
El concurso se dividió en dos rondas, donde cada participante nos deleitó con dos saetas. Todas las voces tenían una fuerza particular. Desde las más limpias y afinadas hasta las más ásperas y rasgadas, cada una encontraba su manera de imponerse. Más que una cuestión de estilo, era una cuestión de verdad al cantar.
La primera ronda fue más medida, con los cantaores tanteando el espacio y el momento. Había contención, como si se guardaran algo para después. Y así fue. En la segunda ronda, las voces se abrieron más, ganaron intensidad y dejaron momentos de mayor emoción, sin llegar a perder del todo ese carácter íntimo que marcó la noche.
La disposición del público, sentado alrededor de la fuente, ayudó a esa cercanía. No había distancia real entre quien cantaba y quien escuchaba. El agua, lejos de distraer, terminaba envolviendo el cante y dándole continuidad.
Entre todas las letras, destacó una por su sencillez y su forma de encajar con el lugar:
La alondra ruiseñores
cantando viene por el día,
bebed el agua que la envía
la Virgen de los Dolores
Fue una noche donde, más allá de la competición, dio la sensación de que cada cantaor venía a dejar algo propio. Ahora queda la final, donde esa misma verdad tendrá que sostenerse en un escenario distinto. Tendrá lugar en el Monasterio de San Jerónimo, el próximo 23 de marzo.
Flor Pereira para Flama



