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La ‘ortorodoxia’ de Grilo deslumbra en un Festival de Jerez en Feria

9 mayo, 2021

A lo poco que se puede ir asistiendo a los teatros, percibo un giro sutil en el planteamiento de los espectáculos. Parece que vivimos una catarsis que se traduce en una palabra: búsqueda. Los artistas se encuentran en procesos creativos de indagación e investigación. Y anoche en el Festival de Jerez, la nueva obra del bailaor jerezano Joaquín Grilo (1968), Alma, me despertó una nueva palabra (nueva terminología para nuevas experiencias): Ortorodoxia. No era heterodoxo, pero manejaba un lenguaje propio dentro de la ortodoxia más jerezana (sin recurrir a efectos externos), y acompañado por uno de los ecos más jondos que quedan en la tierra, el de Luis El Zambo.

Ortorodoxia es una palabra que me surge de ver bailar a Joaquín Grilo, a quien por cierto, entre pandemias y asuntos varios no veía hacía ya dos o tres años. Lo cual me ha dado mayor perspectiva para observarlo. Y ha sido un camino involutivo, es decir, hacia atrás, pero en el mejor sentido de la palabra. El Grilo que conocía era heterodoxo, pero se encontraba a medio camino, como pasa a muchos artistas del género. No encontraba su guía de referencia. La ortorodoxia es un viaje hacia el futuro pero con las herramientas que el flamenco aporta, que no son pocas. Y Grilo cogió su maleta de pequeño, con todas sus vivencias, y anoche la vistió… pero como él quiso, a su aire.

Espectáculo con-sentido

Muchxs artistas del mundo del flamenco se enfrascan y quieren contar historias muy complejas a través de la danza flamenca. Lo que pasa es que, finalmente, tanto público como profesionales, tenemos que tirar de dossier para poder entender qué ha pasado en el escenario. En el caso de anoche en el Festival de Jerez, Grilo lo dejó bien claro. Hubo un audio al comenzar que describió perfectamente lo que estábamos a punto de presenciar. Hablaba del alma, como el mayor misterio de la humanidad; donde la pureza deslumbra y la oscuridad (entendemos la impureza) eclipsa. Estamos ante una declaración de intenciones que, posteriormente, se cumplió. Aunque a su forma… Grilo más puro y profundo. Aquí no pude evitar rememorar los versos de La Serneta por soleá:

Fui piedra y perdí mi centro
y me arrojaron al mar
y a fuerza de tanto tiempo
mi centro vine a tomar

Este giro que percibí anoche en el espectáculo de Joaquín Grilo lo vengo observando, sobre todo, en el baile. Que parece ser sobre quien recae el gran peso del flamenco en la actualidad, como también ha pasado a lo largo de su historia. Aunque ha habido momentos en los que el cante ha sido más importante (años 60, 70 del siglo XX). Pero Grilo lo que quería transmitir era el «lenguaje oculto del alma, el baile», como se escuchó en el audio. «Bailar es ser tu mismo». Y mandó el compás de Jerez. Un baile certero y compacto con un soniquete que pa qué… estamos en plena Feria de Jerez, además. En estos primeros pases bailó con capa a lo Bodegas Sandeman. Los palmeros llevaban algún tipo de dispositivo oculto en el pecho, y hacían el compás sobre su propio cuerpo, con delantales de ‘bacalaeros’ catalanes, como me decía José María Velázquez-Gaztelu. Algo también original y agudo, para transmitir desde esa pureza que se siente solo con ver al Zambo sobre las tablas.

Bulerías por soleá, al golpe, un compás muy marcado y con un soniquete que hacía las delicias del público. Se palpaba que estaba dentro del espectáculo. Bailaba con Grilo y le remataba los olés. Grilo consiguió meterse al público en el bolsillo… pero no haciendo lo típico, sino que ha encontrado su propio camino, su propia heterodoxia… pero desde la intimidad, desde la verdad, ortorodoxia.

Baile sobrio, escenografía sobria, y sonaban aires de tientos, con ese baile tan característico del jerezano, lanzando los brazos hacia el infinito, impulsando con los hombros, que parece que van a salir volando. Posiblemente intentando alcanzar esa pureza ansiada, platónica… porque se rebusca y giraba y bailó como lo sentía. Se podía percibir. Con mucho pellizco. Cuando el tiento se convierte en tango, diría que fue uno de los momentos más emotivos de la noche.

El Zambo, Cayo Real

Don Luis El Zambo, al igual que en la noche de inauguración del Festival fue Luis Moneo, ya se ha convertido a lo largo de los años en una autoridad gitana y flamenca (sin olvidar ese disco de los años 90 producido por Tere Peña y Moraíto: Los Juncales-Cayos Reales). Por supuesto, sus aires festeros siempre han sido los que más guardaban los aromas de las barricas (aquí nos tenemos que acordar de don Fernando de la Morena DEP), pero ha llegado a un punto de su cante, que es uno de los más aclamados en la actualidad. Se cantó unas letras por martinetes de tía Añica La Piriñaca que aún le aportaron más enjundia y elegancia al espectáculo. Llegó también el momento de Diego del Morao, por soleá. Jerez mostraba su fortaleza por los tres costados: cante, toque y baile.

Posteriormente, ¡y para que no se diga!, Grilo sumó batería, contrabajo y armónica al espectáculo. Lo cual todavía lo hacía más interesante (y ortorodoxo), ya que todo entraba dentro de los cánones jondos, cabales. Aunque también se percibieron sonidos de chanson francesa… un poco de copla y cuplé. Y es que no podemos pasar por alto que un denominador común que Joaquín no pierde en sus espectáculos a lo largo de los años es el sentido del humor, el cual estuvo presente toda la noche.

En la vida, como se dice del aprendiz, no se puede preguntar lo que el tiempo nos enseñará. El caso de anoche, se percibió eso, un creador que se acerca a su sitio (la piedra que encuentra su centro; o la piedra de molino que se disuelve en el mar: UNO), con esos brazos extendidos hacia el infinito, buscando ese camino de luz (alma). Al final, se trata de eso, de bailar lo vivido, esa es la pureza. Esa es la verdad en el baile (y en la vida). Y por bulerías, parecía que el público marcaba el compás y los olés, como no podía ser de otra manera en Jerez. Un fin de fiesta que se prolongó como si estuviéramos, precisamente, en la Caseta del Villamarta. Grilo demostró la cantidad de recursos propios que posee, sin tener que recurrir a estridencias ni frivolidades, ha encontrado su propio sitio en la tradición. Ole.

Isidoro Cascajo de la Barrera-Caro

 

**No podemos evitar transmitir nuestro pésame por el fallecimiento en la tarde de ayer de un intelectual y flamencólogo de la talla de don José Manuel Caballero Bonald (Jerez, 1926 – Madrid, 2021).

 

Imágenes de Javier Fergo, cortesía del Festival de Jerez.

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