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La alegría de Galván salva los trastos en la inauguración de la XX Bienal de Arte Flamenco de Sevilla

8 septiembre, 2018

La Maestranza de Sevilla clamaba expectante (con solo medio aforo) la inauguración oficial de la XX edición de la Bienal de Arte Flamenco de Sevilla el día 7 de septiembre, cerca de las 21 horas (menos de media hora de retraso). Todavía quedaba algo de luz cuando Kiki Morente arrancaba con unos versos que ya entonara su padre: La tarde que mataron / al Espartero / Belmonte, que era un niño / se quedó quieto. Desde el Tendío 3 Kiki se acordaba del arte de su progenitor y del gaditano Rafael Alberti.

David Lagos respeta el mismo poema desde el centro del coso sevillano. Y aquí comenzó un poco la ‘odisea’ galvánica de la noche. El baile de Israel Galván no se apreciaba muy bien desde ningún lado de la plaza. Un espectáculo desproporcionado. Pinceladas preciosas de las cuerdas del jerezano Alfredo Lagos. Espectáculo digno de linces… o lechuzas, porque además de tener buen ojo, este debía estar adaptado a la oscuridad (podrían haber regalado gafas de visión nocturna, hubiera sido más moderno). Alguien no pensó en lo más básico. Pero al margen de la vista (o falta de esta), el sonido llegó a ser insoportable, al tener Israel los micros en los pies, o en algún lugar oculto, y sonar aquello a chiringuito de feria… ojo, que la faena acabó con Paquito El Chocolatero.

Una inauguración con Kiki Morente y muchos problemas tanto de luces como de sonido. Al margen, quedaba un poco lejos, para la mayoría de un público neófito, el guión del espectáculo; basado en 6 toros 6, que dieron muerte a los respectivos toreros. Llegar ahí ya era un imposible para muchos de los asistentes (o muchas). En los tendíos, una señora preguntaba al supuesto marido que si él veía algo. A lo que el señor espetó que se escuchaba fatal. Espero que no viniera ningún representante de la UNESCO (concedieron al flamenco el título de Patrimonio de la Humanidad) para ver cómo se trata al flamenco en la inauguración del supuesto mejor festival flamenco del mundo, la Bienal de Sevilla.

A los 30 minutos sale a escena un cuarteto de percusión e Israel montado en una mecedora. ¡Quién nos iba a decir que una mecedora iba a ser la culpable de que sonaran los primeros acordes cabales (al margen de unos ecos de Lagos en el primer astado, de nombre Bailaor)! Era Granaíno, el segundo toro de la noche (y que mató en 1934 a Ignacio Sánchez Mejías; tan llorado por los flamencos de Lorca). Una vez arreglados los problemas técnicos del primer toro, parece que el segundo sonó algo mejor. Israel cogía carrerilla.

A pesar de que uno es fiel seguidor de Galván desde sus inicios, con aquellos Zapatos Rojos de 1998… se desinfla esa burbuja de la devoción. No era ni flamenco, ni flamenquito ni fusión… tenía tintes de show. Lo cual me dio cierta tristeza. Porque Galván es puro, y jondo como el que más. Pero ha traspasado una frontera algo difusa. Su camino fue de la ortodoxia a la heterodoxia (1998-2012); y todo tenía un sentido. La ortodoxia puede existir perfectamente sin la hetero. ¿Sería posible el camino inverso? Entiendo que no. Se me pasó por la cabeza esa máxima lapidaria que de ‘Pobre a rico el camino es agradable, pero el contrario es muy sufrido’. Y parece que Isra quiere andar ese camino… y de espaldas y cuesta arriba. A mi modo de entender parece que esa fuerza se ha desvirtuado un poco, surcando por aguas lejanas a lo jondo, y se menea más por la superficie de un show o reclamo, o ganas de llamar la atención. Y cuando se piensa más en lo de fuera que en lo de dentro, malo. Serlo y parecerlo, como decía aquel.

Y cuando parecía que ya uno iba a tirar la toalla; de repente, vino Pocapena (el que mató a Manuel Granero en 1922) a contradecir su nombre; nos colmó de alegría. Pero alegrías de las de la tacita de plata, de Cádiz, y cantadas por el jerezano David Lagos, junto a su hermano Alfredo a la guitarra. La desgalvanización se hizo por un momento. Otro mundo era posible. Ese Israel rancio, pero siempre en tono de humor; lo más sevillano que le veo al figura. Además, tuvimos la suerte de que nos bailó a escasos metros. Ahora me daban pena los del tendío de enfrente. Pero no siempre se puede ganar en esta vida. En los pasos por alegrías de Galván es donde se vislumbró la calidad. Y cuando después del caos aparece la razón de ser, se agradece aún más el arte (esperado). Y ya, Israel nos hace olvidarnos del resto de problemas por un momento.

Y para corroborar las palabras que arriba se indican, otra señora a mi izquierda, en el Tendío 3 fila 8, al verme escribir, me pregunta si el que baila es el mismo que el que bailaba antes. Le dije que sí. Creo que ella no me creyó, por mucho lápiz que tuviera el menda en la mano. Su cara no podía engañar, desconfiaba que fuera la misma persona.

Y el cante jerezano volvía a dar un poco de sentido a esta Bienal taurina (por decir algo a propósito). Jesús Méndez evocaba a Burladero, el astado que mató a El Yiyo en 1985 (de este sí me acordaba yo personalmente). Las bulerías de Jerez ponían un poco de orden en el ruedo; y el baile lo aportaba, claro está, el de la Macarena. Y Jesús Méndez se acordaba de mi querido Turronero de Utrera. ¡Qué arte más bonito! Y con Playero (el que mató a Manuel Montaño en 1905) subió la marea (y el mareo) y se llevó la sombrilla y la tortilla de papas. Flamenco en chanclas. Chillíos, sonidos o sucedáneos… recitando sin ser poeta ni tener arte para ello. Y es mi amigo Paco, el Niño de Elche, que ha ganado infinidad de concursos y sabe hacerlo por derecho.

Una cosa me llamó la atención y me devolvió la tristeza… los japoneses (y japonesas), los chinos (y chinas), sevillanos (y sevillanas) abandonando la plaza antes de tiempo. Fue un conato de espantá, a lo Semana Santa de Sevilla. Y aquí perdemos todos los que queremos el flamenco. ¿Espantamos a esos turistas que llevan más de dos siglos visitando Andalucía por y para ver flamenco (románticos franceses e ingleses del siglo XVIII incluidos)? El show debe continuar, ¿pero a qué precio? Aquí tenemos mucha responsabilidad la prensa y los artistas; pero sobre todo, los de siempre, esos que andan por ahí enchaquetados que se autodenominan (como el Estado Islámico) políticos o representantes de los ciudadanos (y ciudadanas). La inauguración de la XX Bienal de Flamenco de Sevilla se clausuró con Paquito El Chocolatero. Desde la barra del bar, donde me acoplé los últimos minutos, podría decir que estaba en la Feria de Villanueva de Abajo.

Texto: Isidoro Cascajo de la Barrera-Caro

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