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Kojima, un constante acercamiento entre la magia oriental y el flamenco

15 octubre, 2018

Entramos a la Sala Francisco Nieva el pasado 13 de octubre en la última planta del Teatro Valle-Inclán de Madrid. Teatro situado en plena plaza del popular barrio de Lavapiés; ideal por su mestizaje para contar este viaje de ida y vuelta en el que se basa ECO: Ida y vuelta de conocimiento y reconocimiento, al desprenderse de lo próximo y aprender de lo ajeno.

Sonido de ranas que alguna que otra vez escucharon mis oídos, música de naturaleza junto a los campos de Japón en una noche de verano. La imagen que nos encontramos esperando en escena invita al viaje. El bailaor Shoji Kojima, estático, sus rasgos, su maquillaje y su vestimenta pone en marcha mis sentidos. ¿Actor de teatro Kabuki, bailarín de Danza Butoh, personaje de Manga, de Anime japonés…? Todo eso en mi cabeza y él, el que posa, impasible, aferrado a una enorme bola sostenida por sus brazos ocultando su cintura.

Shoji Kojima entona algunas frases de una popular canción infantil sobre el mar del autor Hayashi Yanage Umi. Otra figura masculina que muestra su espalda desde el inicio gira su cara hacia el público y nos sorprende con una máscara. Máscara de Col, cara de Col. Bienvenidos al planeta Japón y a sus cuentos e historias llenas de simbolismo, de una estrecha relación con la naturaleza, un mundo un tanto infantil para Occidente, eternamente entre adultos.

Frederic Amat encargado de la escena y pintura en esta obra escribe sobre el programa de mano: Siempre me he sentido estimulado por esta “otra” visión del mundo que ofrece Japón y fascinado por su particular sensibilidad que hace de la vida una ceremonia…

El jerezano Miguel Ángel Soto, El Londro, ejecuta unos cantes de Trilla: Soy como el oro, contra más me desprecian más valor tomo…

Desde aquí se inicia ECO. El polifacético artista plástico arranca papeles que serán a veces piezas para un arte gráfico, incluso sísmico, fundamental su textura y su blanco para una forma de contar la escena, de ser eco de ella o ser recorrido. Sin composición lineal nos lanza estímulos a través de la incesante creación plástica con tinta que el barcelonés Frederic Amat, como una onda expansiva, salpica por la totalidad escénica.

Vibramos a través de la guitarra de otro grande de esta tierra y del planeta Flamenco, Juan Gómez Chicuelo, de los sonidos orgánicos y melódicos de los hermanos vascos Felipe Ugarte e Imanol Ugarte, Txalaparta  y Hang en resonancia con las cuerdas, con el cante jondo, o con el baile no solo implícito en el bailaor japonés sino también en el desarrollo plástico y pasear de el papel y la tinta. Destacar también la figura, la presencia del actor Arnau Colomo, que recuerda a los Kuroko (黒子) del teatro Kabuki, siempre vestidos de negro, considerados invisibles y encargados de añadir y quitar objetos del escenario, en un tipo de teatro en donde todos los cambios suceden en escena. Colomo encargado de esa magia, de hacer a Kojima menos humano, aportarle transformación, sostener su espíritu, su aparente fragilidad de un artista extremadamente sensible.

Un actor, bailarín y tramoyista atento, capaz  de permitir que Amat camine sobre el papel a sus anchas, para proyectar en una pantalla un sin fin de escenas cinematográficas, creadas con multitud de elementos bañados en un fluir constante de tinta viva. Una tinta negra que impregna poco a poco los corazones del público en un presente, se crea con lo que se es, con lo que se experimenta.  A ritmo, sin ritmo, en donde los instrumentos suenan a tierra, a chasquear de piedras, a golpear de astillas a ecos jondos, hasta perder el aire y sostenerlo con las tripas. ECO también son cuerdas o percusiones que imitan las melodías del universo y zapateos sobre una línea de cenizas que ponen limites para que Shoji Kojima, con su falda o agarrado a su pelo, atrapado en un aro o bajo un velo, con sus ganas con su espíritu patalee sobre lo acotado y lo haga libre.

Begoña Castro para Flama

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