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Kiki Morente brilla con luz propia en una fecha especial de la Suma Flamenca

14 diciembre, 2020

Hay fechas que además de simbólicas y señaladas, tienen una magia especial y no se olvidan. Ésta era una de esas. Desde las primeras horas, artistas, aficionados  y amantes del flamenco iban recordando con mensajes, canciones y fotos, que hoy justo hace diez años se nos fue para otros cielos uno de los más grandes de la música y de la vida.

Hablar del maestro da para mucho. Una Suma Flamenca de Madrid al completo homenajeando su nombre tenía que ofrecer algo muy especial en este día… y lo hizo.

Con sombrero, a paso firme y cantando una nana, entraba al centro del escenario un imponente Enrique, el menor de los Morente.  Tanta seguridad pronto se explicaba sola. Le bastaron los tres primeros minutos para hechizar a un público que llenaba -como se puede llenar en estos tiempos- la sala Negra de los Teatros del Canal. El silencio absoluto sólo era interrumpido por unos emocionados jaleos que fueron creciendo durante el concierto. El más cálido y claro, sin duda el de su hermana mayor, una Estrella orgullosa y encantada de ver brillar a su pequeño Kiki, que dedicó el concierto a su abuela Charo, también presente.

Y es que no era para menos. Con cada giro en sus tonos, el cantaor  iba  envolviendo  a un público que se rendía ante su carisma y entrega, disfrutando ese manejo de voz que por momentos –muchos- llevaba al centro del escenario al propio Enrique padre, y casi podíamos verlo otra vez.

De Granada para el mundo

Entre alegrías, fandangos, bulerías  y tangos de su tierra, navegaba un entregadísimo Enrique con la misma facilidad y muy bien acompañado por unos artistas que no dejaron de arroparlo ni un solo minuto: Juan Motos y Lucas Carmona en coros y palmas, Miguel Rodríguez “Cheyenne” en la percusión y David Carmona en la guitarra, una guitarra que merece apuntes especiales por su deliciosa ejecución y sensibilidad,  que cosechó sus propios oles… y fueron bastantes, sobre todo en su magistral solo por tientos.

La fecha tomaba poco a poco un nuevo significado, se iba convirtiendo en la confirmación de un gran cantaor.

La noche parecía completa, esa sensación tan especial que se tiene cuando el arte te llena el corazón afloraba plena. “¡Que viva la música!” gritaba Estrella desde la segunda fila… era el grito silencioso de todos. Entonces llegó una guitarra eléctrica hasta las manos de Kiki y con ella nos elevó todavía más, hasta La Aurora de Nueva York, vislumbrada en una fusión de tonalidades musicales sostenidas por la voz potente y grave de un artista que, sin perder la sencillez, va encontrando su lugar en las alturas del flamenco y de la música universal.

Al final del todo… asombro y satisfacción en los comentarios mientras salíamos –muy ordenadamente- del teatro. “¡Cómo ha madurado Kiki!”… “No me esperaba tanto”. El propio Juan Verdú, amigo de la familia desde siempre, quedó encantado con este renovado y empoderado Enrique, como todos quienes llegábamos hasta el concierto con la fecha clavada en el recuerdo y la imagen de Enrique padre por delante… que al final se transformó en la alegría de haber visto en primera fila el fruto de su semilla.

Quien fuera el pequeño de la familia, dejaba muy claro que había pasado de ser aquella promesa del flamenco a convertirse en una figura absoluta del cante, con estilo propio e indiscutible sello Morente.

Paula Y. Valdez para Flama

 

 

 

 

 

 

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