José Mercé se corona en la Bienal con un recital de cante clásico
Que José Mercé tiene un oído impecable, un encomiable dominio del compás y un exhaustivo conocimiento de las claves de los diferentes palos del flamenco es algo que nadie duda, como tampoco nadie puede dejar de señalar su cautivador timbre de voz, ese metal que remite a los ecos de cantaores legendarios de su tierra jerezana. Pero desde hacía ya algún tiempo no le veíamos afrontar un recital de cante flamenco puro y duro. Un recital de cante por derecho con el que, a juzgar por los vítores, oles y aplausos, se metió al público de la Bienal de Flamenco de Sevilla en el bolsillo.
La propuesta era muy sencilla, tres guitarristas jóvenes, aunque camino del estrellato, acompañando al cante: Manuel Cerpa, José del Tomate y David de Arahal, con quienes el maestro cantó a la manera tradicional, sentado en el centro del escenario. Y para dar brillo a los palos más rítmicos las palmas y los coros de Víctor Carrasco, Chicharito de Jerez, Jorge Bautista, Merce García, y la percusión de David del Gasolina, una estupenda formación que marcó el compás con vigor y delicadeza a un tiempo.
El primer palo elegido fueron las tonás, comenzando por la Debla de Tomás Pavón, que dijo con fidelidad a su creador. Tras ese cante apareció en el escenario, guitarra en mano, Manuel Cerpa para acompañar la malagueña de El Mellizo, que José cantó con la hondura que este cante se merece, y la soleá por bulerías con la se acordó de su tierra jerezana. Cerpa es un guitarrista muy joven, pero poseedor ya de un toque vigoroso y brillante.
José del Tomate brindó al maestro un toque delicado, dulce por momentos en la taranta -que despertó un aplauso largo- y en los tientos, con los que José quiso acordarse de Juanito Mojama, un cantaor que según él tenía la capacidad de pellizcar de inmediato a quien lo escuchara. Aunque con lo que de verdad José Mercé nos removió las entraña con la soleá y la seguiriya que David de Arahal acompañó con un toque repleto de matices, colorido, dulce y por momento minimalista, ya que en todo momento estuvo al servicio del cante del maestro.
Y para terminar, el jerezano quiso que el espectáculo culminara con los tres guitarristas en el escenario entregados al compás vivo de unas alegrías que hicieron los honores a su nombre y unas enérgicas bulerías -pataíta incluida- con las que acabó de coronarse. El público se puso en pie y le dedicó una ovación tan larga como sentida, a tenor por los oles y los piropos que brotaban desde el patio de butacas.
A esas alturas el cantaor se veía tan a gusto que no dudó en desechar el micrófono para brindar al respetable una antológica tanda de fandangos, a la manera de los cantores antiguos que triunfaban cantando en las plazas de toros sin megafonía. “Yo creía que no podía, pero sí que puedo”, dijo el maestro en un momento del espectáculo ¡Y tanto! Pudo abordar un recital de cante hondo sin aditivos; pudo llenar hasta la bandera un gran aforo como el del teatro de la Maestranza con ese repertorio de cantes clásicos, y por último pudo demostrar que el vaticinio de la desaparición, que el cante lleva a cuestas casi desde sus inicios, tardará mucho en cumplirse.
Lola Pantoja para Flama
Reportaje gráfico: Laura León







