José de los Camarones & Roberto Herruzo, ritual flamenco en la Caleta
En un enclave con sabor a sal y memoria como el Espacio Quiñones, a la vera de La Caleta, se vivió una de esas noches en las que el arte se convierte en ritual. Con un lleno absoluto y un público entregado, la velada destacó no solo por la propuesta sonora, sino por el ambiente cálido y la hospitalaria atención de la organización.
A José de los Camarones se le vio especialmente cómodo, gustándose, en su salsa y profundamente conectado con el respetable. Esa calma le permitió desplegar toda su personalidad y duende en un entorno íntimo.
El concierto dio comienzo con una entrada impregnada de verdad y raíz: José irrumpió pregonando el marisqueo rindiendo homenaje a las cuatro generaciones de su familia dedicadas al oficio del mar y su posterior venta callejera. A su lado, Roberto Herruzo comenzó a tejer con la guitarra eléctrica y la loop station un acorde continuo con armonía de música india, creando un colchón místico sobre el que José rompió a cantar por martinetes, enlazando el alma del trabajo marinero con la fragua flamenca.
A continuación, la propuesta se adentró en terrenos de libre exploración sonora. Roberto comenzó a buclear matices de su propia voz acompañados de una percusión liviana, mientras sostenía el pulso armónico a la guitarra. Sobre este paisaje impreciso e intuitivo, José desplegó un cante sin palo fijo, donde la atmósfera y la expresividad pura prevalecieron por encima de las estructuras tradicionales.
El tercer pasaje brindó un momento de lucimiento en solitario para Roberto Herruzo, quien tomó el sitar indio para construir un bucle de palmas por tangos y añadir capas de polifonía mediante difonismo vocal y cantos guturales de garganta (canto de la tuba). Sus tonos extremadamente graves sobrecogieron a los asistentes, creando una resonancia casi litúrgica en el recinto.
Tras esta demostración instrumental, José regresó al escenario retomando el martinete para desembocar en la hondura de la seguirilla, apoyado sutilmente por la guitarra eléctrica de Roberto. En este bloque, la música sirvió como vehículo para una profunda reflexión poética y filosófica sobre el amor.
La emoción directa y sin artificios llegó con los Fandangos de Huelva. Abordados a cuatro tiempos de forma sencilla y transparente, la voz desgarradora de José en comunión con los acordes eléctricos de Roberto logró uno de los momentos más conmovedores y aplaudidos de la noche.
El clímax de la experimentación se alcanzó cuando Roberto hizo resonar un Gong para superponer bucles que recreaban nuevamente la constante vibración del armonio. Mientras José entregaba el alma en una desgarradora seguirilla, Roberto entonaba paralelamente cantos bifónicos, generando un contraste sonoro fascinante entre el duende atávico y el trance místico.
El colofón de la velada llegó con la Soleá dedicada a Gustavo Adolfo Bécquer. Roberto preparó el terreno construyendo capas envolventes con la guitarra, la voz bifónica y el canto gutural, sobre las cuales José irrumpió con la solemnidad característica del cante por soleá, cerrando el recital en la cúspide de la emoción artística.
Todo es pasajero nombre del espectáculo y del disco, demostró que la vanguardia y la tradición no solo pueden convivir, sino retroalimentarse. La búsqueda sonora de Roberto Herruzo y la raíz atávica y generacional de José de los Camarones regaron de magia y conciencia las puertas de La Caleta en una noche para el recuerdo.
Raúl El Fiera para Flama



