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Israel Galván se pega ‘La Fiesta’ por burlerías en los Teatros del Canal de Madrid

7 mayo, 2018

Escenario diáfano y algunas plataformas sobre la escena, no se sabe si la actuación está terminada y los tramoyistas recogiendo o si uno de los bailaores más vanguardistas del panorama flamenco actual va a salir a escena, Israel Galván con su original concepto de lo que es un sarao La Fiesta. La luz del público no se apaga… incertidumbre en un Teatro del Canal absorto, durante las noches del 4 y 5 de mayo.

El Niño de Elche lanza un Triana por bulerías sin guitarra. Palabras entrecortadas, terminaciones del fraseo ausentes, desdoblado, que reinciden. Acompasado por los jaleos y remates de voz de La Uchi, que se refuerza con ‘los chicos del chándal’, Bobote y Ramón Martínez, que entran a escena desfilando, con silbato, con sus palmas, para redondear el soniquetazo. Digamos que esta fiesta  da pistoletazo de salida a las distintas interpretaciones de Galván sobre la fiesta.

Y la baila Israel. El sevillano sale de rodillas por el patio de butacas y sube como puede a las tablas del teatro y se sienta con las ‘patas colgando’.  Ya en escena ‘baila’ arrastrándose,  sobre sus rodillas, haciendo lo imposible por bailar esa fiesta por bulerías  con ‘peso’ y con ademanes, gestos, que si uno se dedica al baile uno reconoce que son ciertos, acertados, para la bulería bailada con burla como lo hacen algunos bailaores ‘viejos’. Es como si Israel quisiera desinhibirse con peso, con el peso de todo su cuerpo a tierra, incluso se lanza en plancha para poner fin a su sacrilegio. Y después… suceden cosas en escena y el cuerpo reacciona.

Mesas-suelo, sillas metálicas de la terraza de un bar, rezos-plegarias, cuerpos-percusión, armónicos, sonidos minimalistas,  plataformas-camas elásticas, sonidos de cristales, chapas-sonoras que vuelan e inundan la escena de sonido e imagen poética a la vez, de aquellos que saltan y saltan en aquel algarabío que acaba en un momento espectacular, de destrozo – poético, mientras se duda si la escena es pelea o es juego.

Orquesta sin orquesta, Emilio Caracafé entregado a un solo traste de la guitarra, en caos y en armonía, con armónicos y musicalidad de Alejandro Rojas-Marcos y Eloisa Cantón con sonidos polifónicos, danzas con la espalada sobre la tierra, cantes líricos, respiraciones y risas y llantos de Alia Sellami, quejíos-insonoros, inspirados en placer, en dolor hasta llegar al grito y al desplome de Niño de Elche.

Personajes ebrios, amistosos, en ceremonia de culto, en la intimidad, en el desgarro, en planos a veces absurdos, que provocan risa, pena, indiferencia, que quieren hablar alto y no decir nada, que se disponen a querer comunicarse sin entendimiento. Lo que vemos sucede y a su vez se desvanece.

Israel también expone una reflexión sobre la cara oscura de irse de fiesta, la de los palos tristes. Tantas cosas que aparecen cuando se está dentro de la fiesta, al lado y por dentro de cada uno, cuando se festeja, ¿qué podríamos ver si nuestros ojos que están dentro del tinglao, a su vez salieran a observar una panorámica completa de distintos planos de la fiesta?; ¿y si todo el escenario fuese un gran plasma en donde uno ve pequeñas ventanas de diferentes estados festeros que abarcan una o varias líneas del tiempo de la vida de una persona?

Begoña Castro para Flama

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