Editorial

Galván, brujo del amor, un poder y no querer en el Festival Flamenco de Nîmes

21 enero, 2020

Israel Galván no es un artista al uso. Cuando aparece en escena se levantan las ampollas del amor flamenco, porque el sevillano es capaz de poner a su favor a la ortodoxia; y a la vez, en desacuerdo, a heterodoxos. Parece que deambula por un espacio fértil e inhabitado. Así lo mostró interpretando la obra El Amor Brujo, de don Manuel de Falla, la pasada noche del 18 de enero (y del 19) en el Festival Flamenco de Nîmes.

Como habitualmente, escenario totalmente vacío. Oscuridad… y el sonido del piano de Alejandro Rojas-Marcos. Todo en negro. Recreación de los años 20 del siglo XX… la época del genio gaditano. Después de la introducción, David Lagos ejecuta la Canción del amor dolido. Ante un bailaor disfrazado, imagino que de la gitana vieja de la obra centenaria. Hay que resaltar que todo era en un tono jocoso.

Algo que sorprendió (no gratamente) al público, es que se pegó casi una hora sentado en una silla disfrazado. Creo que esto forma parte del show. Un poco de provocación siempre viene bien. Ambigüedad. En ese momento, una aficionada francesa me comenta en el oído: «¡qué pena, con lo bien que baila!» Yo suscribo esas palabras. Realmente, es un espectáculo que no termina de comenzar. Porque está unos 45 minutos sentado, y la obra dura una hora y diez minutos.

Después de un poco de caos, alucinaciones y terror, llegamos al cante de Lagos de la Danza de la Bruja Fingida. Israel sigue en la silla. Me da la sensación de un baile de libertad contenida… es como un poder y no querer. Canción del Fuego y Conjuro para recuperar el Amor Perdido… con un David Lagos muy inspirado. Al igual que el protagonista, Israel. Lo que pasa es que nos deja con la miel en los labios. Lo mismo se trata de eso. Ya a la hora se quita el disfraz de gitana vieja, y sale de negro riguroso para comenzar a bailar.

Y desde este foro, no podemos criticar a Israel Galván, aunque sea, creo, la única obra del sevillano que realmente no he comprendido o no me ha gustado, directamente. Da la sensación como que el personaje se ha hecho más grande que el artista… Parece que la provocación supera a la creación. Con esa sensación salí del espectáculo. Siempre con mucho respeto, ya que soy fan acérrimo de don Israel Galván. Ha sumergido al flamenco en las llamas del Amor Brujo de don Manuel de Falla un siglo después.

Desde luego, es una interpretación muy subjetiva, de la cual escuché algunos defensores (pocos), y muchos detractores, a lo largo de las tertulias flamencas de la noche en los locales del centro de Nîmes, donde se reúne un gran grupo de aficionados al flamenco, y a los toros, por supuesto.

La valentía de Israel puede soportar cualquier crítica, porque va por delante, y hay que escribir con mucha cautela. Puede que esté creando otra nueva escuela todavía más minimalista y vanguardista…

Pero estábamos avisados, según rezaba el programa de mano: «deshacerse de este trabajo de la escenografía y las probabilidades y los extremos para que solo la música permanezca en sí misma, llevada por un solo cuerpo. Para mí, agrega, es como si esta música tuviera el poder de provocar fiebre, de penetrar en el infierno».

Isidoro Cascajo de la Barrera-Caro
Fotos: Daniel M. Pantiga

 

 

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