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Fuegos flamencos de todos los colores en el Festival Nacional de Cante Flamenco de Ogíjares de Granada

5 septiembre, 2021

En la apertura del XLII Festival Nacional de Cante Flamenco de Ogíjares se rindió homenaje a Mariquilla y Juanito Villar al comienzo de la velada con emotivos discursos. Unos fuegos o juegos artificiales, un repentino obsequio para los amantes de la estimulación sonora y visual, escuetos pero con algunos colores, cerraron la parte hablada y dejaron paso a uno de los homenajeados de la noche. Abre al toque lento y firme, sin florituras para que no se distraiga el público de su paso firme y caminar, Manuel Jero. “En el reloj de mi vida el tiempo se ha detenido” comienza entonando Juanito Villar. La letra dice mucho de lo que está ocurriendo y por llegar. De la soleá pasa a las alegrías lleno de energía como una barquilla que no corre, sino vuela. Por tangos sigue como gitano morito y junto a sus acompañantes cautivaron a una mora, aunque ya antes de subir al escenario tenía cautivado a los asistentes gracias a su dilatada carrera.

Le sucede Joselete de Linares quien, después de su interpretación de La nana del caballo grande, se encuadra en el compás de soléa con buena letra y Paco Cortés, con conocimiento de causa, se salió del folio sacando los oles del público y haciendo lucir a su compañero con cambios de intensidad virtuosos. Con la seguiriya nos adentramos en el espesor del cante jondo y los ayes se volvieron cada vez más profundos. Se volvió a detener el tiempo en el reloj. La templanza parece infinita hasta que llegó una vertiginosa subida de compás y cierre. Ahora llegan sus mejores cartas, sentimientos que esconden lecciones de vida, y encontró el júbilo del público después de cada fandango.

Continuó la noche con los acompañantes de Pastora Galván quienes comenzaron con unas bulerías al golpe. “Como revienta un cañón” sale de las gargantas deMiguel Lavi y David El Galli. Pastora sale y solo con el arte de levantar bien los brazos atrapa a los asistentes. Dan ganas de gritar su nombre después de cada paso y lo visual hizo en la noche que el flamenco se figure en una actitud de talle erguido, en unos pies descalzos y una presencia férrea. El segundo baile que realiza es una soleá. Si para cualquier persona lo más difícil en la vida es no hacer nada, la quietud o meditación, ahora estas facultades son encarnadas por un largo y minimalista paseo de Pastora. Una lenta subida de brazos y una posición firme con mirada altiva muestran la respiración del baile sobre un fondo quebrado de voces ya perdidas yfundidas en miradas acusadoras y ceños fruncidos. La emoción contenida sube de forma gradual con una arrolladora guitarra de Paco Iglesias.

Después de una breve pausa se subió la velocidad media de la noche con unas alegrías bien ligeras y con un repentino cambio preparado a bulerías de Cádiz en donde el virtuosismo de Miguel Ángel Cortés voló como asciende su voz, la de Esperanza Fernández, en alegría y volumen. Los primeros tientos de la noche desembocan en tangos. Esperanza se pone en pie y aclama a la galardonada –con la letra “ponte guapa Mariquilla”– quien se encuentra entre las primeras filas. Después de unas seguiriyas que fueron aplaudidas con efusión cierra su cometido por bulerías. Realiza en ellas la zambra gitana antes de demostrar su torrente de voz sin micrófono.

Malagueñas son ahora el estilo elegido para abrir la sección de un cante joven y sincero. Dos letras. No habla ni se presenta mucho pero parece que con el cante ya se sincera lo suficiente. Continúa por tangos. Curiosa la falta de palabras entre cante y cante pero en la soleá por bulería vuelve a dominar en cada respiración. Su frescura y juventud dan un aliento de aire fresco. En su bulería improvisa una letra indicando que es un regalo estar en el homenaje de Juanito Villar. Con su cante se expresa. Saludan los palmeros, el guitarrista Nono Reyes y finalmente Juanfra Carrasco, el cantaor más joven del cartel, quien sin mediar palabra entiende el reclamo del público y realiza unos fandangos finales en la parte delantera del escenario.

Duquende solo con su sombrero hace recordar los quejíos más hondos del corazón. La guitarra de Luis Salao, emotiva y dulce, comienza el taranto que tanto faltaba. Con Duquende uno ni se plantea a quien le canta porque directamente se encuentra uno con sus propios sentimientos hablándoles y ya no es la voz del presente, sino la voz de la memoria quien habla. Esa es la fuerza del cante jondo. Sus seguiriyas retumban en los valles y su eco se pelea con su angustia. Maestro de maestros, realiza unos tangos y bulerías que enseñan que la edad no perjudica la agudeza. Un final por bulerías obsequia de nuevo a los amantes del buen cante, con fuegos artificiales y juegos de palabras, porque en la letra está el sentido y en el paso firme la elegancia.

Pablo Giménez para Flama

Fotografías y vídeos de Daniel Palomar

 

 

 

 

 

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