Flamencos sobre Milwaukee
Tenía que saltar el Levante, llevarse las algas, clarear el mar. Las bolsas de aparcamiento de al lado del río Guadalete, que habían estado vacías toda la semana, se llenaron el viernes al caer el sol. José Almarcha había llegado al Puerto, y tocaba en el patio de Milwaukee acompañado por André Jah Jah al piano, Victor Guadiana al violín y la guitarra eléctrica y Lucía Ruibal al baile.
A las diez de la noche estaba el patio casi a rebosar. Familiares, amigos, fans, y algún guiri, daban sorbitos de cerveza y bocaditos a sandwiches traídos de casa esperando que salieran a tocar. Algunos intentaban refrescarse batiendo abanicos contra un calor deseado después de días de Poniente.
La guitarra de José Almarcha no puede ser más flamenca. Sus temas se envuelven en tradición, homenajeando a figuras como Manolo Sanlúcar, y bebiendo de los palos más jondos. Esa seguridad en sus dedos puros, esa base consolidada con los años en tablaos y otros espectáculos, nutren sus alas hacia sabrosas mezclas para estas reuniones de postín.
El de Tomelloso es un despliegue de miradas cómplices, tanto con sus compañeros como con el público, sus sonrisas suavizan cualquier noche oscura. Siempre un gesto cariñoso, respetando cuerdas, teclas y tacones y, además, comprometido con el pueblo Palestino.
El equipo de sonido suena a pesar del levante, y de un móvil que chirrió en los primeros temas cuando solo debió haber vibrado o ni siquiera estar conectado. Almarcha engancha temas de sus discos Vejezate, Alejandra y Un nuevo paseo. Acurrucados hombro con hombro, la emoción va calando en los presentes.
Víctor Guadiana jalea al público de la sala primero al violín, después con punteos setenteros en su guitarra sin cabeza. Las buganvillas se arremolinan en las esquinas y las manos de André Jah Jah corretean sobre las teclas trayendo el jazz al Milwaukee, en esta noche de flamencos, rockeros y turistas. Javi Ruibal interviene sentado al cajón, trayendo el ritmo que viene y que va, de ida y vuelta, necesario.
La luna sin aparecer, pero los brazos largos y alzados de Lucía Ruibal aguantan el patio mejor que las columnas desconchadas del Milwaukee. Las luces rojas anaranjadas, verdes y azules de la galería acompañan a sus manos voladoras que terminan en dedos inquisidores en el aire. Sus ojos egipcios cargados de expresión y recuerdo, casi nostálgicos, aunque mirando a un futuro en danza.
De pronto, en lo alto, una bandada de flamencos rosas y blancos pasa en formación de flecha contra el cielo negro. Periplo nocturno en las salinas. El flamenco siempre en movimiento, yendo y viniendo majestuoso, bebiendo de todas las charcas que encuentra en su camino.
Antón Ojeda para Flama






En una palabra … ¡ESPECTACULAR! ❤️