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Emilio Ochando en el Paco Rabal, encuentro entre Danza Española y Flamenco

10 septiembre, 2020

Con el aforo completo del Teatro Paco Rabal de Madrid, pudo ser y fue, a pesar de muchos pesares, el sábado 5 de septiembre, el estreno de la cuarta producción de la compañía de danza del talentoso creador e interprete Emilio Ochando.

“Soy mas valiente que tú… dice Frascuelo a su hermano”, escribe Lorca en su Café de Chinitas. Primer tema que aborda la cantaora burgalesa Loreto de Diego. Este momento lorquiano fue precedido por la bellísima interpretación con castañuelas del Fandango de Doña Francisquita del bailarín valenciano. Movimientos de Danza Española siempre con sello propio y sonidos de clavecín que recrea con su teclado el  músico venezolano Gonzalo Grau. Un viaje al pasado musical que es banda sonora de la infancia de el bailarín y que interpretó en repetidas ocasiones por varios concursos.  Ochando nos recuerda con sus castañuelas y gestos dancísticos que la Danza Española en él está muy presente, muy viva, viéndole interpretarla a él, siento que estuvo y estará viva por siempre.

Como  un torero a puerta gayola frente a su toro, él nos espera y nos pone las banderillas con su increíble interpretación de palillos. Emilio emprende un viaje  valiente, de torero del siglo XXI en un momento en donde el toro-público, de forma invisible en nuestras esquinas, está pasando por unos momentos de  abandonar  caminos, costumbres, hábitos que le habían sido dados, que respondían y abrazaban  una identidad…¡Ay pena penita pena!

Aquí en este ahora, ser artista y creador y exponer cómo abordar lo clásico, la tradición, convierte a Ochando , en un héroe,  que danza con abrazo musical y anímico de sus compañeros de batalla, para un espectador que asiste quizás con miedo,  con mascarilla, pero quizás con una fuerte empatía con el esfuerzo que supone en esta extraña normalidad pandémica estrenar un espectáculo. ´Clásica tradición´ enfrentada al futuro.

Desde esta sugestión  que llevo en lo alto y bajo mi admiración actual a aquel que está de estreno en las tablas de un teatro , veo  a el bailarín-bailaor-productor-creador desnudando al máximo su  alma y me sugiere su vestuario alguna que otra imagen, no se hasta que punto ilusoria. Vislumbro a un  guerrero, también por qué no, al que  hace su labor en una fábrica e incluso en algunos momentos y en mi propia película,  cumpliendo  condena   en una cárcel. Allí preso,  en su penumbra, inventando sonidos, repiqueteos, haciendo su guerra por seguiriya o a ritmo abandolao  como “tocaor de cucharas” ¿y por que no Emilio? añorando la sierra malagueña. ¡Viva Málaga la bella, sus verdiales y tus cucharillas!

En la escenografía estructuras rectangulares ribeteadas por luces de neón trasladadas constantemente por el elenco sin dar pausa a lo que acontece.  A veces enmarcan postales antiguas y otras asemejan  pantallas gigantes. Esos televisores plasmas  ideales para los viajes durante confinamiento. La compañía opta por lo sobrio abrazando lo “ciber”, para contar lo órganico, que necesita de la entremezcla de colores  o luces frías y cálidas. Que difícil iluminar desde el hoy, lo tradicional, lo folclórico, lo clásico.

Y allí, enmarcado en su plasma, el guerrillero en el suelo, , con su magistral toque de palillos, instrumento, manos y brazos a modo de guiñol donde el cuerpo reposa horizontal, que no en descanso,  nos cuenta una original y bella fábula sobre el fandango de Boccherini.

Como espectadora ilusoria, los mantones de Ochando son el aire que nos falta en este 2020 tan reprimido, ya sean en danza por el aire o a modo de bata de cola amarrados a la cintura y posados en el suelo. “Ellos” echan a volar como suspiros, llenos de flores, que nos hechizan con sus infinitas formas y revuelos.

Como final, las  ganas de Emilio Ochando están tan vivas que se empoderan en un canto; ”Las cosas del querer” a dúo con la la cantaora.

No me puedo despedir sin contar como Loreto de Diego, en este estreno histórico, desde el primer momento, nos atrapó con su cante, su presencia escénica y  su verdadera complicidad con Ochando. En su temple y su mirar, desprendió su cuerpo  disfrute, que  quedó reflejado en la redondez y potencia en su eco. Así como para ella, también fueron los aplausos de un público en pié para el multi-instrumentalista Gonzalo Grau con su teclado, chelo y percusión, para Daniel Jurado con su guitarra y el soniquetazo de las palmas del bailaor del Puerto de Santa María, Juan Fernández.

Begoña Castro para Flama
Reportaje gráfico: Manuel García

 

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