El Farru triunfa en Jerez con una obra llena de momentos únicos
Antonio Fernández Montoya, Farru, puso en pie en la noche de ayer al público de la Sala Compañía en el Festival de Jerez con su espectáculo ‘Natural’, con el que se entrega al legado dancístico de sus padres y su abuelo, con quienes aprendió a bailar desde niño, de una forma tan natural como otros aprenden a jugar. Aunque ese es solo el punto de partida de este espectáculo, porque, junto a piezas de baile con las que se permite improvisar y dialogar en directo con sus músicos y con el público, Farru es capaz de entregarse a otras donde prima un zapateado virtuoso y absolutamente preciso, que es el resultado de un arduo trabajo previo, tanto de estudio como de ensayo.
Aunque no por ello deje de transmitir la carga emocional con la que este soberbio bailaor, y toda su familia, concibe el baile. Claro que para ello, Farru se sirve también de toda una vida en torno al baile y al flamenco. Una vida en la que, a pesar de ser todavía joven (37 años) ha estado repleta de arte y de vivencias que el bailaor sevillano ha sabido volcar en su baile.
De esa manera, en la primera parte, Farru rememoró a su abuelo, Farruco, ese monstruo del baile flamenco, para brindarnos una soleá que nos recordó que no hacen falta grandes alardes de movimiento corporal para erizarnos el vello, basta con un evocador sombrero cordobés, un braceado justo y un torso que desafía al espectador paseando con parsimonia por el escenario. Pero eso sí, una parsimonia a compás, que en el momento justo se rompía para dar paso a un quiebro y unos saltos espectaculares. Le acompañaban un Ezequiel Montoya, al cante, en estado de gracia, la percusión de Lolo, delicada y contundente a un tiempo, y la exquisita guitarra de José Gálvez, además del artista invitado, Rafael de Utrera, que nos brindó unas malagueñas de lo más personales, con ese derroche de facultades que le caracteriza.
En las seguiriyas, Farru le bailó al cante, como el gran aficionado que es. No en vano mamó también el cante de su padre, Juan El Moreno.
Y ya en la segunda parte dio rienda suelta al espíritu de improvisación con el que había concebido el espectáculo. Para ello recurrió a las alegrías, que comenzó bailando en silencio, con gestos mínimos cargados de intención, entablando una conexión única con el público, que no paraba de jalearle. Un baile tan primoroso como singular que nos regaló un momento único, como esos muchos que los más privilegiados pueden vivir en las reuniones privadas.
Para terminar, el Farru se dirigió directamente a los espectadores y le dio las gracias al Festival y al público por estar allí.
Gracias a ti, Farru, por regalarnos esos momentos únicos e irrepetibles de arte.
Lola Pantoja para Flama
Reportaje gráfico: Esteban Abión



