‘Doncellas (Juerga permanente)’, Estévez y Paños en busca de la desinhibición
Estévez y Paños llevan un sólido recorrido como compañía, con una trayectoria firme dentro del panorama flamenco.
En esta ocasión llevan a escena ‘Doncellas (Juerga permanente)’, una obra construida alrededor de la música de Ramón Montoya, que se convierte en la banda sonora y el hilo conductor durante la hora y veinte minutos que dura el espectáculo.
Son las 22:30 horas en el Teatro Central de Sevilla, dentro de la programación de la XXIV Bienal de Flamenco de Sevilla. Nada más abrirse el telón arranca la rondeña y, a partir de ahí, se sucede un amplio recorrido musical: farruca, alborada, guajira, tangos, alegrías, caña, malagueña, bulería por soleá, malagueña de Chacón, minera, soleares, la Rosa, milonga, seguiriya, granaína, rondeña, intercalando músicas electroacústicas y paisajes sonoros contemporáneos.
Siete intérpretes, a los que se suman Rafael Estévez y Valeriano Paños, construyen sobre el escenario esta particular juerga.
Solo un músico y un instrumento en escena: el jovencísimo y talentoso Alejandro Hurtado. Y cómo toca. Qué sensibilidad y qué precisión. Su guitarra tiene momentos de una enorme belleza y sostiene musicalmente buena parte del espectáculo con una delicadeza extraordinaria.
Precisamente por eso, eché en falta una comunicación más visible entre la música y el baile. En algunos momentos, la fuerza de los pies terminaba imponiéndose sobre la guitarra y hacía difícil apreciar todos sus matices. Con un músico de esta dimensión sobre el escenario, habría sido hermoso sentir un diálogo más profundo entre lo que sucede en las cuerdas y lo que responde desde el cuerpo del baile.
La propuesta nos lleva a una juerga intensa que transita entre la solemnidad de los palos flamencos y el disloque de aquellos momentos en los que irrumpen los paisajes sonoros contemporáneos. Es ahí donde los intérpretes abandonan por momentos el lenguaje puramente coreográfico para entrar en un terreno más teatral y construir personajes y situaciones.
Y ese terreno es tremendamente complejo. Interpretar un personaje es otro arte. Requiere preparación, estudio, escucha y una dirección muy precisa. Hacer de borracho, por ejemplo, puede parecer sencillo, pero probablemente sea una de las cosas más difíciles de interpretar sin caer en el exceso. Cuando se busca representar la desinhibición, la fiesta o el descontrol, la frontera entre la verdad y la sobreactuación es muy pequeña.
En algunos de esos pasajes percibí cierta tensión en los intérpretes y eché en falta algo más de disfrute y naturalidad dentro del escenario. Una juerga necesita precisamente esa sensación de que el tiempo desaparece, de que quienes están dentro de ella dejan de ejecutar para empezar a vivirla. Cuando eso ocurre, también el espectador entra en ese estado. Aquí hubo momentos en los que la intención estaba clara, aunque no siempre terminara de llegarme esa sensación de abandono y espontaneidad.
Quizá una mirada específica desde la dirección de actores habría ayudado a profundizar todavía más en esos momentos teatrales y a conseguir que determinados gestos y acciones nacieran de una forma más orgánica, evitando que pudiera percibirse el mecanismo que hay detrás de ellos.
Destaco especialmente la puesta en escena, el riesgo de una propuesta que busca salir de una estructura flamenca convencional y, por encima de todo, esa guitarra de Alejandro Hurtado que llega directamente al corazón.
Pero precisamente cuando tienes sobre el escenario a un músico de semejante nivel, quieres escucharlo, mirarlo y sentir cómo el baile conversa con él. Porque la música y el baile flamenco pueden existir por separado, pero cuando realmente se encuentran, cuando uno escucha al otro y se responden, sucede algo que va mucho más allá de tocar y bailar.
Susi La Bronce para Flama
Reportaje gráfico Laura León







