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Cuando Manolo Caracol pasa el testigo a la Rumba Madrileña; Acropol, toda una leyenda musical

24 noviembre, 2020

Desde siempre se ha dicho que Madrid es la cama de todos los flamencos (se supone que la cuna está en algún lugar entre Triana – Sevilla – y Jerez, en particular, y Andalucía, en general), donde todos buscan popularidad y convertirse en artistas, profesionalizarse. El genio sevillano Manolo Caracol fue uno de ellos, y fundó el Tablao Los Canasteros en 1963, donde se fraguaba ya el contexto ideal, junto a otros locales como Villa Rosa, Las Brujas, Corral de la Morería…, para que el flamenco siguiera existiendo como una música viva. Y tan viva que estaba. Es lo que pretende resaltar Acropol, memoria de nuestros barrios, que estará en el Centro Cultural Pilar Miró hasta el próximo día 30. Una exposición, organizada por la Comunidad de Madrid, que busca honrar una época en la que surgieron tantos artistas, que puede que muchos de alto nivel pasaran sin pena ni gloria, en pro de toda una generación que creó un sonido diferente, el Sonido Caño Roto.

Rápidamente, no solo esos artistas se movían a la capital del reino (flamenco), sino que eran familias completas desde Andalucía, Extremadura, Murcia… y no se limitaron a crear una gran afición en la capital – que también – sino que por la zona de Plaza Mayor, Las Cavas o Plaza de Santa Ana se paseaban los flamencos profesionales y sus compañeros de escenario, pero también un gran conjunto de aficionados, turistas, curiosos… que acabaron siendo el ‘testigo’ de las figuras del cante grande en el momento (Caracol, Niña de los Peines, Pepe Pinto, Valderrama, Pepe Marchena, La Perla de Cádiz, Bambino, La Paquera, La Tati, El Güito, Serranito, Sordera, Habichuelas…); y que fue generando una gran afición entre los más jóvenes, incipientes figuras de lo que sería la Rumba Madrileña, y del ‘nuevo’ flamenco. Un término tan denostado como nombrado, pero, realmente, era otra forma de entender el arte. Aunque ya no venían de fuera, sino que ya hablamos de madrileños, ya sea de primera o segunda generación, pero nativos. Y así se fue forjando, a base de mucho arte e improvisación, el popular Sonido Caño Roto.

El Responsable, de un inmigrante

Pues ya es curioso, que esa gran afición al flamenco se creó por migrantes nacionales, y que pasó a sus descendientes de una manera natural, y rápidamente, se extendió por todo el mismo centro y la periferia madrileños. Pero lo gracioso es que el verdadero responsable de la difusión de la rumba madrileña, paradójicamente, y de toda la leyenda que se creó a su alrededor, fue un inmigrante egipcio, Noumbar Hamathis, creador de Acropol, sello discográfico que da nombre a la exposición, y que fue quien realmente se encargó de registrar una realidad artística en esos famosos vinilos y cassettes que se han paseado por toda la España desde los años 60 hasta finales del milenio, en mercadillos, kioskos, ferias, gasolineras, ventas…

Según indica uno de los comisarios de la exposición, Daniel Gutiérrez, el mismo Hamathis, junto a sus dos o tres colaboradores, no solo hacían las labores de grabación y producción, sino que se dedicaban a diseñar las portadas, hacer las fotografías (en los alrededores de la Plaza Mayor), y ellos mismos vendían las copias de artistas como El Príncipe Gitano, El Kalifa, Tony El Gitano, Los Diamantes Morenos, Los Chocos o Los Gitanos de Madrid, entre otros muchos.

Hasta ese momento, desde luego, era todo por amor al arte. Y Acropol muestra ese movimiento donde todos querían ser profesionales; pero realmente, era mejor, estaba hecho todo con el corazón, amateur, que es por donde se escapa ese duende que tanto se esconde… precisamente del interés, ya que el duende bebe de la improvisación y la espontaneidad, que tanto se prodigaron en esa época, cuna y madre de un flamenco contemporáneo que no para de transformarse… pero siempre a compás.

Isidoro Cascajo de la Barrera-Caro

 

**Instantánea donde aparece don Noumbar Hamathis, en el centro de la imagen de «La historia de Acropol».

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