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Carmelilla Montoya se despide en un emotivo homenaje

6 diciembre, 2019

Entre lágrimas, Carmelilla Montoya agradecía, con esa sinceridad que no se puede maquillar, el cobijo recibido por el mundo del flamenco en su emotiva y muy especial despedida de los escenarios. Y no era para menos. Rodeada de su familia, amigos y compañeros, tuvo lugar un multitudinario espectáculo de más de tres horas de duración en la que en ningún momento se perdió el eje conductor de semejante cantidad de arte junto: que esto es por ti, Carmelilla.

Más de cincuenta figuras consagradas del flamenco se reunieron ayer día 5 de diciembre, ante un aforo casi lleno del Auditorio Fibes en Sevilla, en homenaje a la que sin duda es una de las claves para entender el arte de Triana. El espectáculo, organizado por Jesús Molina y por la Fundación Cristina Heeren, comenzaba (algo más tarde de la hora prevista, debido a la cantidad de público que aún estaba llegando al recinto), con la emotiva presentación que Ricardo Pachón, actual director del Instituto Andaluz del Flamenco, hacía de la artista trianera. En el centro, ella, como una diosa blanca, protagonista pero con un aura de humildad y agradecimiento en su figura. Y a su derecha, una intérprete de signos. Algo muy importante para la propia Carmelilla, como ella misma sentenció: ‘mi hijo no oye, y así entiende lo que está pasando’.

Sin mayor preámbulo, comenzaba la música. Tras una luminosidad púrpura, se podía imaginar, sentir, hasta oler lo que iba a comenzar: Rafael Riqueni, Paco Jarana y Manolo Franco entonaban ‘Amargura’. Vellos de punta. Y tras esta primera nota sensible, entraba en escena la primera de las propuestas dancísticas de la noche; Rubén Olmo, actual director del Ballet Nacional de España, quien precisamente era el encargado de dirigir a todo aquel cómputo artístico, aparecía envuelto en un mantón para regalarnos su particular forma de hacer danza. Siempre sensible, siempre elegante, siempre con esa dulzura en su rostro de quien ama la danza sobre todas las cosas. A la música, Riqueni entonaba algunas piezas de su último álbum ‘Parque de María Luisa’.

Tras este primer tentempié, comenzaba el multitudinario espectáculo. Era el turno de los hombres, de los cantaores. Flanqueando el escenario con retahílas de sillas a ambos lados del tablao, comenzaba el cante jondo y sobrio; por Seguiriyas y Soleares, uno a uno se fueron acercando al micro para cantarse sus letras, siendo protagonistas por unos minutos. Fueron figuras como El Pele, Segundo Falcón, José Valencia… uno a uno mostraron su cante hasta que le llegó el turno a la voz femenina. Mismo formato de cante individual, pero en esta ocasión regocijándose por Bulerías y Tangos. Cante festero para unas auténticas fieras del escenario: abría la escena Alba Molina, seguida de otras tantas como Aurora Vargas, La Susi, Remedios Amaya… Qué decir de María Terremoto, que a su corta edad acoge como nadie el peso vocal y la fuerza de su estirpe, resonando su cante por tangos hasta en la última de las entrañas de quienes allí tuvimos la suerte de estar. Esperanza Fernández se disculpaba por no poder cantar debido a un resfriado, pero igualmente nos regalaba su presencia y hasta unos pequeños pasos por tangos al cante de Encarna Anillo.

Una vez terminada ‘la ronda’ de voces, era el turno del baile flamenco, no sin antes relajar al público con la cómica intervención de Los Morancos, quienes también quisieron poner su granito de arena para Carmelilla. Casi en su totalidad marcada por la figura femenina, el turno del baile estuvo acompañado por Segundo Falcón, Pedro Sierra, Joselito Acedo, Pituquete y demás artistas que dedicaron sus esfuerzos a acompañar a las bailaoras que allí se encontraban: La Piñona, Rosario Toledo, María Moreno, Ana Morales, Pastora Galván… al igual que en el caso anterior, una a una fueron saliendo a bailar por tangos y jaleos como si de una fiesta se tratara. Y es que lo era, una auténtica fiesta flamenca entre artistas que se animaban y jaleaban entre ellos. Estampa preciosa nos regalaron los hermanos Campallo, quienes bailaron en pareja a ritmo de soleá por bulerías. Adela y Rafael, sin duda, saben expresar esa complicidad que tienen en su baile.

Cambiaba el tercio del espectáculo la salida a escena de uno de los pocos hombres bailaores allí presentes: Amador Rojas aparecía como un ángel blanco, con capa y chaqueta de flecos. Bailando al son del violín, por zambra, se explayó en una coreografía de un carácter más dancístico, como protagonista absoluto de su baile. Tras él, otro varón, maestro con mayúsculas: Antonio Canales aparecía como un niño humilde ante su propia pasión, protegido por la envoltura de su mantón y con sus característicos zapatos rojos. Aquel hombre que sabe respetar su danza, que se desnuda del mantón para abrirse al sentimiento, para zapatear con fuerza, para tocarnos el corazón con su sabio pellizco.

Tras la intervención de Canales, Rosario La Farruca, otra veterana vestida de un rojo fuego que encendía cada paso que daba. Otro de los momentos cumbres fue el protagonizado por Eva Yerbabuena y José Valencia, que realizaron conjuntamente una interpretación sublime de ‘Se nos rompió el amor’. La mezcla del movimiento de bata de cola y mantón de Eva, con la potencia vocal de Valencia consiguieron, reconozco, hacer saltar alguna que otra lágrima a quien suscribe estas palabras. Y algo me hace pensar que no fuí a la única.

Por último, Milagros Mengíbar cerraba este último tramo del espectáculo por Alegrías. Todos los bailaores en escena, cada cual a su estilo y forma, terminaban con estas tres horas de grandísimo homenaje. Como culmen, la proyección de escenas de vida y arte de Carmelilla, cantando, dando clase en la misma Fundación Cristina Heeren, bailándole a Camarón… fue un auténtico regocijo volver a ver a aquella niña de trenzas negras bailar como si no hubiera nada más en esta vida.

Y entre llantos, Carmelilla, profundamente emocionada, dando gracias por tanto amor en su despedida de los escenarios. Gracias a ti por una vida dedicada al flamenco, gracias a ti por ser capaz de reunir a tantos artistas. Por regalarnos la noche de ayer. Gracias a ti, Carmelilla.

 

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