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Antonio Canales y Carmen Ledesma acercan Triana a la calle Cañizares de Madrid

28 junio, 2018

Cuando cojo la calle Cañizares de Madrid, ya sé que pronto me encontraré con un lugar muy especial, a la vez que único, Casa Patas. Cuando cruzo las puertas del número 10 de esa calle, empiezo a reconocer los olores, los sonidos de gente que tapea o que cena rodeada de un sinfín de fotografías. Sin duda, un regalo a la vista y a la memoria de los que amamos el flamenco. Digamos que Casa Patas se ha convertido ya en un buen Ron de Solera, con más de 30 años en barrica.

Taberna en origen, hoy restaurante; y al fondo donde parece que acaba la sala, se esconde lo que ya es considerado como un personal templo para el  flamenco. En estas tablas pasaron, pasan y pasaran los mejores. Esos que  muestran sus enseñanzas en escena  y que dejan un legado sobre este arte.

Sobre el templo reside una joyita, para cualquier ciudadano del mundo que decida impregnarse hasta el final en este arte, la Fundación Conservatorio Flamenco Casa Patas. Una institución privada, sin ánimo de lucro, pionera del flamenco en Madrid y absolutamente entregada a la didáctica y a la expresión artística en todas las facetas que puedan aportar a este arte flamenco y a su patrimonio cultural, siempre tan vivo.

Cuando suena la cortina negra que cuelga de la entrada al tablao, se siente algo parecido a cuando suena el aviso de que el toro ya esta en toriles. Y en estos momentos aún no sabemos de la magnitud de lo que va a acontecer.

Entran en la escena Antonio Canales y Carmen Ledesma agarrados como aquellos que tienen una relación parental, de familia o de grandes amigos. Se acompañan y caminan hacia un lugar importante. Un encuentro con el arte que esa noche, solo esa noche, va a acontecer.  Con ese respeto pegan sus primeros pasos sobre las tablas. El ritmo abandolao, un cante por jaleos ponen el marco a los primeros movimientos en pareja y de a uno de los dos bailaores. Ya llegan las primeras muestras de que estamos ante algo grande. El silencio y el respeto de la sala llena, permite entender que lo que está pasando en las tablas arrastra años y años de conocimiento. La forma de posarse en escena, de estar en calma ansiosa de expresar verdad, desnudez, es esa autenticidad que requiere el flamenco que se expone a llegar al corazón de aquel que sin saber casi por qué, se sienta en una silla expectante y queda atrapado de por vida.

Se quedan solos los músicos, bulería para escuchar. El cante despacito, sin prisas en espera de una letra, de otra.  Los cantaores que recitan cantando y se miran unos a otros expectantes de lo que de inmediato va a expresar su compañero.

Escaparate abierto al público , que muestra cómo trabajando sobre las tablas el artista es sorprendido una y otra vez por el cante, por la guitarra, por la percusión… por el baile, es la ganancia que se obtiene cuando se es parte en escena de un grupo de elite. Asistir como espectador a esta forma de trabajar solo puede ser definido con una palabra: regalo. Un regalo para guardar en el alma.

Los inicios por soleá de Iván Losada describen lo simple como definición de lo importante. Ahí donde reside la base de lo único que de verdad se expresa grande en la vida. Lo sencillo como resumen de lo complejo, de la sabiduría que en el artista tiene que haber para desprenderse de artificios, de contenidos que despisten, de lo que en el ahora, esta aconteciendo.

Carmen Ledesma pondrá su baile al servicio de esta sonanta. La bailaora elige cómo bailar, cómo mostrarse. Con su mantón a modo de elemento o posado en sus hombros, con esta naturaleza que la sevillana posee, el movimiento le nace de un impulso y lo entrega al público, que puede recibirlo como abrazo.

Suena, se ve y se siente flamenco. El flamenco que se mece en la raíz, en el cante, en el respeto de los ritmos y acentos, que laten en el corazón de Carmen y se ajustan al toque y al cante y que lidera el baile con sus intenciones. Brota en la bulería de Ledesma un diálogo filosofíco sobre el baile canastero y femenino. Juan José Amador replica cantando a la bailaora.

Bailaora de cantaores, así se define la propia Ledesma. Se inspira en el cante, los timbres que la emocionan, los estilos del cante la guían para bailar. Se conecta con su identidad, con su estilo. Artista hecha en el escenario, se aprecia cómo la trianera convierte la escena es su casa; y en su casa manda ella. Respeta y aporta novedad. La novedad de la improvisación aprendida recompensa de muchas horas de trabajo. La soleá que sucede en su casa-escenario, queda archivada en mi memoria en mis eternas ganas de aprender sobre el baile.

Pausa, reflexión.

La guitarra de Ivan Losada por granaína abre un momento que sólo puede ser precedido de una guitarra jonda y flamenca, sensible sin medida, en donde acariciar tiene muchas variantes y en donde  el llanto de sus cuerdas parece tener sentido, porque se hace música y sana.

Después la guitarra se acompasa sobre el golpe grave del cajón del excepcional percusionista Bandolero, que con su toque asemeja al latir de algo vivo. Nos introduce en un universo, el fandango de Huelva. Tres sevillanos al cante, El Pola, Juan Jose Amador (hijo) y Gabriel de la Tomasa hacen que escuchar sus letras su forma de contar-cantar sea bañarse en poemas.

Aunque la esencia de Antonio Canales apareció en la primera parte del espectáculo, saber que el maestro va a entregarse ahora en solitario crea una expectativa tan grande como cuando deseas un deseo y cierras los ojos fuerte, cortando la respiración; entonces la magia del universo te lo entrega, en ese momento, en ese ahora.

Casi en sombras pero en las tablas, la presencia de Canales en escucha, de los primeros compases de la guitarra por siguiriya, impregna de un aroma la sala, que pudiera compararse al olor del campo, del mar, de la tierra mojada antes estando seca. Esa de la que brotaba durante años solo polvo.

El pulso del maestro esta entonces en su pisar, su flamencura que juguetea como un niño sobre el compás sordo de palmas, guitarra tapada y cajón latiendo. Un juego que para el niño es tremendamente serio, ese que toma el centro del ahora y que cualquier cosa externa no le permitirá salir del juego.

Contagia tanto querer, que la guitarra y el cante entran a formar parte de su mundo.  Pisando la tierra desplaza el torso al cielo. Y entonces es pintor, escultor de sus propios gestos.

Ver al maestro bailar es entrar en un museo de lo eternamente efímero que posee el flamenco. Cada desplante, remate, cada braceo es una obra a contemplar con esmero. Contiene tanto en sus manos, sus plantas, sus tacones, sus gestos, que la estética artística en el arte de Canales desmonta en mi mente miles de conceptos plásticos. Una estética Canalística impregna este planeta flamenco. Se reflexiona al verle en aquello que aun nadie creó, pero que en raíz ya fue creado. Se entiende el flamenco, el baile, el cante, la guitarra lo percusivo. Lo grande que es su entrega, no solo queda en escena, también pone acentos en lo didáctico.

Antonio Canales cierra su baile por siguiriya con un haiku hecho gesto. Poema sensible sobre una melodía que va muriendo, como cuando el sol desaparece en su totalidad por el horizonte, el ocaso.

Se despide la noche del 23 de junio de 2018 en Casa Patas, con fiesta por tangos. ¡Vivan mis niños! Jalea la trianera a los músicos.

Antonio Canales y Carmen Ledesma tienen flamenca hasta la risa, y en sus patás afloran dominio, genialidad, picardía e infancia.

Begoña Castro para Flama

 

 

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