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Andrés Marín muestra un Quijote muy cabal en la XX Bienal de Sevilla

17 septiembre, 2018

Andrés Marín; es decir, D. Quixote (en francés debido a que la obra se estrenó en el Chaillot de París en  noviembre de 2017), presentó su obra más ambiciosa el pasado 16 de septiembre en la XX Bienal de Arte Flamenco de Sevilla. El ilustre hidalgo flamenco entra en escena en patinete eléctrico. Música de fondo. Minimalismo onírico. Poses y desplantes propios del bailaor sevillano. Arranca por siguiriyas, al cante, La Tremendita. Junto al chelo de Sancho Almendral, la guitarra eléctrica de Jorge Rubiales y percusiones de Daniel Suárez. Este último daba entrada y salida al zapateado de Marín. Flamenquísimo. Sea como sea, quiera o no quiera, Andrés es flamenco 100%. Son incursiones y divagaciones de uno que sabe, tanto de baile como de cante. La coreografía y y dirección musical son del mismo bailaor, mientras que la dirección artística la comparte con Laurent Berger. Genial.

Este Quijote sin caballo, cabal hasta la médula, a pesar del casco y sus barbas, mantiene una identidad inequívoca. Andrés tiene su estilo y se le reconoce a leguas. A veces el volumen de la música y la percusión no dejaban disfrutar de una obra única en el flamenco. La compenetración entre el cuerpo de baile (creo que es el primero que le veo a Andrés Marín) fue excelente: Andrés, Patricia Guerrero y Abel Harana. Después de bailar al unísono con una ejecución impresionante, hubo un diálogo de tacones. Posteriormente, Abel aparece embutido en una funda que parecía un burka, pero sin mangas. Sin poder mover los brazos, el bailaor emocionó e hizo reír con algún toque cómico, a lo que se prestaba su traje. Creo que en ese momento la misma voz de Marín (muy aficionado al cante) sonaba de fondo.  Sonidos y música electrónica minimalista acompañaban todo el rato a los artistas. Mientras se proyectaba un vídeo en una pantalla, donde también se plasmaban textos e ilustraciones.

Desde luego, Andrés Marín es y será un flamenco digno de estudio, ya que es introvertido y profundo en sus obras, donde parece que se quiere decir mucho más de lo que el espectador alcanza a entender. Aún así, su flamencura no tiene cura. Actualmente, el sevillano tiene la habilidad de hacer andar el camino inverso a los aficionados. O así me lo hizo sentir. Me explico: gracias a este tipo de obras, uno parece que adquiere conocimientos de danza contemporánea. Para rematar por bulerías antes de meterse en la tienda de campaña. Sí, don Quijote compartía la tienda con Dulcinea (digo yo que sería Patricia Guerrero), y ambos intercalaban baile y siesta en la tienda. Al margen de la anécdota, Andrés Marín mostró elegancia en todo momento. Una puesta en escena impecable; con un diálogo entre los pies de Marín y la percusión de Suárez totalmente comprensible. Unos ritmos contagiosos que, de repente, sonaban a flamenco. Hasta el momento, a pesar de la información que no conseguí descifrar.

Creo que estamos ante la obra cumbre de Andrés Marín por la grandeza del baile de los tres artistas, por la obra musical y por la coreografía y la dirección escénica. Andrés ha ido un paso más allá de lo contemporáneo, con máximo respeto al flamenco. En su justa medida.

En un momento, salen Patricia y Andrés de la tienda de campaña por bulerías, con La Tremendita al cante y al cajón. Flamenco puro con los tres bailaores y dos cajones. Taconeando mientras suben y bajan una rampa de patinentes, o skates, como los denominan ahora por su nombre anglosajón. Coreografía preciosa, jonda pero de barrio. Patricia y Abel, exquisitos. La Tremendita, virtuosa del cante y del cajón. Don Quixote se queda en la soledad de la locura, haciendo de las suyas, reclamando el amor de Dulcinea por bulerías; y comienzan un baile de cortejo, cual palomo a su paloma, pero con mucho arte y salero. Mientras La Tremendita comienza a entonar un poco de flamenco pop con un traje entre motera y astronauta; pero sin el casco. Ahora, cantando con sumo gusto. Posteriormente, Andrés aparece en escena con una rumbas para que tu las bailes, como decía aquel. Y bailando pa comérselo.

Posteriormente, vuelve la música electrónica, similar a la música del tour de France compuesta por los alemanes Kraftwerk. Y Andrés seguía acertando en la coreografía, aparecieron los tres bailaores al unísono. Emocionante.

Desde luego, el turista que venga buscando flamenco tradicional a la Bienal, no está encontrando lo que buscaba. La Bienal está a un nivel muy bueno de vanguardias, pero claro, hay un turismo flamenco que no está preparado para esto. Y es para ver las caras de estos en muchas ocasiones. Los observo y miran incrédulos a las obras que estamos presenciando.

Andrés Marín se busca en el escenario, y se encuentra, es su hábitat natural. Merece la pena indagar en la búsqueda de su gusto por el flamenco. Y eso que nos llevamos los que seguimos los pasos del bailaor sevillano.

Texto: Isidoro Cascajo de la Barrera-Caro

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