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Andrés Marín contagia con sus ‘bacterias’ en los Jueves Flamencos de Cajasol

11 abril, 2019

Atrás quedaron esos días en los que sus padres esperaban el autobús que los recogía en la Alameda de Hércules para irse de gira con la compañía de Juanito Valderrama, donde su madre era cantaora y su padre bailaor.

Hay quien dice que sus propuestas no son flamencas y no es así. Él habla un nuevo leguaje surrealista y de vanguardia, pero siempre en el flamenco. Él tiene absoluto permiso para hacerlo porque conoce profundamente el flamenco, lo siente, “él es flamenco hasta en sus andares”, ha mamado el mejor flamenco entre bambalinas y en la escuela de su padre.

En 1929 Buñuel rodó Un perro andaluz, que tuvo mucho éxito en Francia. Fueron 16 minutos los que cambiaron la historia del cine e iniciaron el mito de uno de los autores más célebres y respetados del séptimo arte. Quizás, nos quedemos cortos con la afirmación anterior ya que cuando se proyectó por primera vez esa pequeña gloria llamada Un Perro Andaluz  convirtió en el referente seminal para todos los surrealistas e intelectuales de finales de la década de los años 20 y terminó de exponer las posibilidades del cinematógrafo, un invento que todavía era considerado joven para 1929. Cierto es que por aquellos años la corriente vanguardista se encontraba en boga y por ello fue un momento bastante provechoso para el cine: Casi 100 años más tarde en España mal juzgan a este pincel flamenco los que no saben interpretar sus obras. Quizás sea culpa de un público inculto e intolerante sin ganas de hacer esfuerzos para comprender lo que está viendo. Algo que, desde luego, no es fácil de comprender dada su complejidad y profundidad en la historia que él cuenta.

El 11 de abril vimos en los Jueves Flamencos de Cajasol Bacterias, un espectáculo experimental donde Andrés Marín desnuda su corazón, su mente y el escenario, no hay decorados, destapando la escena donde podíamos ver la tramoya, cables, un sombrero colgado que me hizo recordar aquella época de su niñez en esas giras por teatro españoles, la pared de fondo donde en un momento apoya su cabeza dibujándola con el sudor de su pelo.

Vimos a un Andrés Marín virtuoso y sincero sin abandonar ni un momento el escenario, donde incluso después de un baile y sin aire en sus pulmones se va al micrófono y canta por taranto dejándonos conmovidos, y es que Andrés Marín conoce muy bien el cante.

Andrés Marín dice que, al igual que las bacterias, generamos nuestro propio discurso artístico y a la vez encarnamos su respuesta orgánica y estética, y eso recibimos de este artista en potencia. Un instrumento perfecto en sus pies y un pincel con millones de colores en su cuerpo.

Soberbio José Valencia capaz de crear sus propios sonidos usando pedales de ‘loops’ y cantar con ese acompañamiento. Un José Valencia moderno y puro, con un cante vigoroso y potente con su voz siempre clara, con sus palabras y tonos muy bien discernidos.

La guitarra de Salvador Gutierrez siempre elegante con esa enorme complicidad que tiene con Andrés.

La guitarra eléctrica de Raúl Cantizano, que hizo con sus sonidos un atractivo muy apropiado para lo que se estaba recitando en ese viaje de ilusión, fantasías y recuerdos ancestrales.

En los jueves Flamencos de Cajasol respiramos aires nuevos con maestría y veteranía. Si hubieran estado allí el mismo Dalí o su amigo Buñuel seguramente se habrían puesto de pie para aplaudir.

 

La Bronce para Guia Flama

Baile, coreografía y dirección: Andrés Marín

Guitarra: Salvador Gutierrez

Guitarra electrónica: Raúl Cantizano

Artista invitado al cante: José Valencia

Comentarios (2)
  • Jesús Muñoz - 18 abril, 2019 a las 09:23

    Esto es de las pocas veces que he visto a alguien describir y reconocer al Marín y compañia con tanta sabiduría, seguridad y sinceridad. Gracias.

  • isidoro.cascajo - 29 junio, 2019 a las 17:25

    Muchas gracias, Jesús.

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