25 años sin Miguel Vargas
Fértil cepa del mejor cante jondo defino en unos versos al cantaor Miguel Vargas (La Puebla de Cazalla, Sevilla, 1942 – Paradas, Sevilla, 1997). Miguel decía cosas como “Canto jondo porque va a mi voz y a mi estilo. Mis raíces campesinas me obligan a cantar antes una soleá que unas alegrías”.
Miguel ha tenido muy buenos maestros. Su escuela es, básicamente, la de Antonio Mairena, en la ejecución de los estilos como soleares, seguiriyas, tonás, martinetes, tientos, etc., pero Miguel, como otros de su generación, no se detuvo en un mairenismo excluyente y restringido. Amén de gran intérprete de malagueñas o tarantos, por ejemplo, otro de sus méritos es el de recuperador y dignificador de muchos estilos en desuso, olvidados o desprestigiados, tales como rondeñas, peteneras, cañas, marianas, garrotines, serranas, livianas, bamberas o campanilleros. A los llamados un poco despectivamente “aflamencados o folclóricos” les infundió jondura y perfección definitivas y contribuyó a su difusión.
El 15 de noviembre de 1997 leía emocionado mi conferencia sobre su significación. Decía: “Tú has cantao, Miguel, lo que eres, lo que sientes. Por eso serás eterno. Nos atraviesas con ese filo dulcemente insoportable de tus seguiriyas, nos conjuras con la sentenciosidad y la marcha segura, sobria, insobornable de tus cantes por soleá; nos conquistas, en fin, con tus peteneras sin mal fario, tus rondeñas de un encanto y una jondura ejemplares, tus bamberas esmaltadas en el yunque de tu garganta sin ojana”. Acababa mi charla afirmando que ya está “eternamente instalado en la mejor alcoba de nuestro corazón”.
Por José Cenizo Jiménez
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*Imagen de Pepe Lamarca.



