Dorantes inaugura el Teatro Lope de Vega con el estreno aboluto de ‘Fractal Arcano’
En genética hay ciertas leyes que se suelen cumplir, como el color de los ojos, que se suele heredar de los abuelos (a través de un gen oculto o ‘arcano’ en los padres). En el arte flamenco, al existir un gran vínculo familiar se puede deducir que los artistas, y también las grandes figuras en muchos casos, suelen ser sobrinos nietos, o sobrinos a secas; casi más que los propios hijos. En el caso de ciertas dinastías, el arte viene por los cuatro costados, como es el caso de Dorantes, quien tuvo dos estrenos el pasado día 12; inauguró el Teatro Lope de Vega después de meses de obras, y ejecutó por primera vez en público su obra ‘Fractal Arcano’. Precisamente, el de Lebrija estrenó un espectáculo en la Bienal de Flamenco de Sevilla en el que rendía honores a su gente sin renunciar a su estilo propio y a su personalidad, algo que ya genuinamente hiciera su tío Juan Peña El Lebrijano a lo largo de su carrera. Un fractal arcano es un objeto geométrico que se repite a diferentes escalas, pero que a menudo se mantiene oculto. Si a esto le sumamos el concepto de otro de los temas, Remanencia – aquello que perdura tras un proceso de desaparición de lo que lo causaba -, el mensaje es la música de Dorantes, memoria viva desde su abuela La Perrata, de su padre Pedro y de su tío Juan. Él mismo casi que no abrió la boca, diciendo que lo más bonito es hablar a través de la música; «las palabras sobran». El viaje sonoro arrancó con Matriz, una exploración por soleá donde las teclas dialogaban con los nudillos de los palmeros (El Oruco, Javier Peña, Emilio Castañeda, Dani Bonilla, Manuel Valencia y Miguel Fernández) batiendo directamente sobre la madera del piano con unos guantes blancos ajustados. El pulso continuó a medio camino entre Lebrija y Jerez. El sexteto de palmeros marcó el compás en el pecho, para luego desatar una tormenta rítmica a doce manos. Con Desvío, Dorantes demostró cómo más de doscientas cuerdas pueden ser el vehículo perfecto para que los melismas y la melodía profundicen en el oyente de manera ‘directa’. Afloraron emociones que transitaban entre el mundo del jazz, el flamenco y sutiles aires de copla. Pero la gran sorpresa llegó con Arcano. Lo que comenzó con un toque minimalista fue in crescendo hasta desbordar el alma. El sexteto reapareció en escena y tres de los palmeros se metieron, literalmente, «hasta la cocina del piano de cola»: sumergieron los dedos en las cuerdas, logrando una percusión inmersiva y telúrica, oculta como el título del tema. El ritmo no dio tregua. Un compás acelerado por bulerías empujó al piano a un desenlace por garrotín. De ahí, cruces mágicos nuevamente con bulerías, aires de la Bahía y un remate con el vibrante zapateado de Emilio Castañeda. En la segunda mitad del espectáculo, Dorantes jugó con la contención. Retorno trajo de vuelta el minimalismo, esta vez con una atmósfera casi cinematográfica. Envuelto en intriga y con aires entre arabescos e hindúes, el lebrijano se adentró en la siguiriya, llegando a colocar un artilugio sobre las cuerdas para emular el sonido de un sitar. A este pasaje le siguió un magistral Contrapulso, donde las palmas sordas y contenidas fueron calentando un piano que crecía hasta que el compás estalló por bulerías medidas. Llegó otro tema que le daba sentido al espectáculo, Remanencia. Un toque lúgubre, de eco hueco y cadencia pausada, que sumergió al aficionado en ese mensaje ‘oculto’ de Dorantes. Las cuerdas sonaban a siguiriyas; era la tragedia disfrazada de melismas imposibles, mezclando la tormenta con la calma hasta fundirse con las palmas. Por momentos, las cuerdas parecían, literalmente, cantar. Para cerrar el círculo, los músicos cerraron el piano, volviendo a la imagen del inicio. El silencio dio paso a un teatro en pie exigiendo un bis. Dorantes, de pocas palabras, se dirigió al público que abarrotó el teatro: «La música habla por sí sola, las palabras sobran». «Sin prepararlo, vamos a improvisar porque aquí sobra arte. ¡Vamos a celebrar que hoy le ha tocado la lotería a uno de los palmeros en Lebrija!», anunció el pianista con una sonrisa, en referencia a los décimos premiados esa misma jornada y adquiridos por la Hermandad de los Gitanos de su pueblo. Isidoro Cascajo Reportaje gráfico Laura León

