Calentar hasta arder: Rocío Molina abre el ciclo ‘Flamenco lo serás tú’ en el Teatro Cervantes de Málaga
Lo vivido anoche dentro del ciclo Flamenco lo Serás Tú en el Teatro Cervantes es difícil de expresar con palabras, pero lo voy a intentar. Llegué con la expectativa habitual de quien conoce el estilo flamenco contemporáneo de esta artista, estaba lista para dejarme sorprender. Pero lo que planteaba Rocío Molina con su ‘Calentamiento’ no era una sorpresa, sino un desplazamiento radical de todas las coordenadas escénicas conocidas. Rocío ya estaba en escena cuando el público aún buscaba sus butacas. No había inicio. No había protocolo. Solo una bailaora entregada a un proceso íntimo y, sin embargo, completamente expuesto: el calentamiento. Durante más de quince minutos, la sala permaneció en una especie de limbo. Las luces no terminaban de apagarse del todo, y ella tampoco terminaba de empezar. Hasta que, finalmente, lo verbalizó: “Si estáis pensando que voy a terminar, os podéis ir yendo porque yo no voy a dejar de empezar nunca”. Aquella frase no era una provocación, sino un manifiesto. Lo que siguió fue una experiencia casi hipnótica. Una tabla de pies sostenida en el tiempo, llevada al límite físico, donde el cuerpo se convierte en discurso. Molina hablaba mientras bailaba: se corregía, se exigía, se observaba. “No corras”, se decía. “Cuando paso la fase del dolor, la velocidad se duplica”. El proceso técnico — habitualmente invisible — se convertía aquí en materia escénica. Había algo profundamente flamenco en esa insistencia, en ese atravesar el dolor hasta encontrar otro estado. Por momentos, su presencia evocaba a La Lupi, especialmente en la limpieza técnica y la autoridad del cuerpo. No era casual que, desde el público, la propia Lupi lanzara un “¡olé!” cargado de emoción y reconocimiento hacia Rocío. La escena se fue poblando de objetos — una silla, luego muchas — que Molina manipulaba con una ligereza casi imposible. La silla no era un elemento escenográfico: era extensión del cuerpo, interlocutora, resistencia y juego. Había momentos en los que parecía obedecerle, como si la materia cediera ante la voluntad del movimiento. La música — dirigida por Niño de Elche — transitaba entre lo clásico y lo experimental, generando atmósferas que desdibujaban cualquier etiqueta. Molina se permitía incluso detenerse, cuestionar la quietud, explorar el no-movimiento como parte del mismo calentamiento: “Que no parezca que estoy comenzando”, susurraba mientras reiniciaba el gesto de la mano desde casi la nada. Hubo un momento de suspensión absoluta: una capa cayó desde lo alto y ella comenzó a cantar a la muerte. No desde el dramatismo, sino desde la negociación: “Dile a la muerte si llega, que venga mañana, que yo hoy no voy a parar”. En esa frase se condensaba todo el sentido de la pieza. Cuando la gran caja iluminada del fondo reveló a las voces — Ana Polanco, Ana Salazar, María del Tango y Gara Hernández —, comprendimos que lo vivido hasta entonces no era más que el “calentamiento de pies”. Llevábamos ya una hora «y ahora vamos a comenzar el calentamiento de brazos» dijo y el público se rió con asombro. La entrada de José Manuel Ramos Oruco introdujo una nueva dinámica: la del maestro y la alumna. “¿Tú qué haces en el suelo hija?”, le espetó antes de ordenarle, con firmeza: “calentamiento”. Frente al espejo, ambos zapatearon como si el tiempo no existiera, como si el aprendizaje fuera un bucle interminable. A partir de ahí, la pieza derivó hacia lo colectivo, lo festivo, incluso a lo rave. La caja se convirtió en un espacio de celebración desbordada, donde el flamenco dialogaba sin complejos con otros códigos sonoros y escénicos. Las coristas cantaron por retazos desde “Ojos verdes” hasta “La camisa negra”, María del Tango sonando el clarinete en un momento y en otro Rocío tocó la batería, fuimos del compás al trance. Pero Molina siempre regresaba al cuerpo. Incluso cuando parecía desvanecida, enterrada bajo una montaña de sillas, el taconeo emergía como un latido irrenunciable. El sonido se volvía casi violento, las sillas temblaban, comenzaron a volar por los aires, el escenario respiraba con ella. El clímax no fue un final. Nunca lo hubo. El público, entregado, aplaudía con furia mientras ella seguía bailando. Las luces se encendieron, algunos espectadores comenzaron a marcharse. Ella no se detenía. No podía hacerlo. Porque ‘Calentamiento’ no es una obra sobre el baile: es una obra sobre la imposibilidad de concluir, sobre el estado perpetuo de preparación. Todos salimos del teatro con la sensación de habernos ido antes de tiempo. Fue perfecto para dejar volando la imaginación de los espectadores. No sé si Rocío Molina sigue allí dentro. Tal vez nunca dejó de empezar. Laura Di Benigno para Flama Fotos de Álvaro Cabrera / Teatro Cervantes (3) y Lorenzo Carnero (2)

