Editorial

Perrate de Utrera, centenario de un flamenco sincero

30 marzo, 2015

José Fernández Granados Perrate de Utrera (9 de junio de 1915. Utrera, Sevilla – 12 de octubre de 1992. Dos Hermanas, Sevilla), apodo que proviene de su abuelo, gran aficionado al cante y amante de los perros, así como de su padre Gaspar, sillero de profesión, oficio que dejó en herencia a su hijo Pepe, junto con el don del cante. El apodo lo llevamos toda la familia con mucho orgullo.
Empezó a cantar a los 8 años, y a esa edad ya actuaba para el público; los siguientes años fueron un aprendizaje continuo de diferentes personas: su abuelo y por supuesto de su padre Gaspar, el padre de Fernanda y Bernarda de Utrera – Tío José – que le hablaba de los antiguos cantaores como Mercedes La Serneta  o Rosario la del Colorao. Aprendió del cante escuchando a Juaniquín, que a José le gustaba mucho, Joaquín el de la Paula y Juan Talega, una generación de cantaores con estilo propio de la que Perrate se convirtió en heredero, llegando a adquirir mucho conocimiento y a dominar todos los cantes, creando su propio y peculiar estilo.
Para los aficionados al cante grande nadie cantó la soleá como Perrate, dolía cuando se templaba un cuarto de tono por debajo del que le marcaba. Dejó su huella en el Cante Gitano Andaluz.
A mí personalmente me tocó conocerlo en una época que ya estaba muy mayor, siempre sentado en su mecedora de color marrón clarita. Usaba una silla de madera plegable, típica de los bares, llena de quemaduras de cigarro, y encima de la silla su caja de puritos Capote y un vaso de tubo en cual le poníamos su café. Era una persona de pocas palabras, raras veces hablaba de sus sentimientos, ya que desde muy pequeño aprendió a expresarlos mediante su cante y no con las palabras, o tal vez por no causar más preocupaciones a sus hijos, a los que quería mucho y les dio mucho cariño desde muy pequeños.
Era una persona humilde, sencilla y amable, nada estricta y su personalidad le hacía ganarse el respeto de una forma natural, con pocas palabras; y con su forma de ser educó a sus hijos y luego a sus nietos, contagiando a toda la familia esa forma increíble de ser.

Por José Monge Fernández. Nieto de Perrate

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