Editorial

Los mil latidos de Joselillo hacen palpitar la Suma Flamenca

20 diciembre, 2020

Tiene ya seis años el espectáculo que mostró, pero sigue impactando como si se acabara de estrenar. Latente es de esos que repetirías encantada, porque tiene todos los elementos que lo hacen especial: una historia que nos hace pensar en nuestras propias batallas… una puesta en escena precisa, con elementos que juegan entre clásico y  moderno… y una interpretación de entrega absoluta, donde el artista nace, muere y renace… se pierde, se encuentra, se eleva a otros cielos y te lleva con él.  Y ayer, en laSuma Flamenca de Madrid, una vez más nos dejamos llevar.

Es lo que tiene José Maya, ese misticismo que le hace brillar lo mismo en un escenario que en una mesa de juerga… lo mismo en El Rastro que en Montmatre… lo mismo entre los corazones gitanos que entre los aficionados de cualquier lugar del mundo.

Visto quedó ayer. El espectáculo estuvo arrullado de principio a fin por jaleos sinceros y puros de un público que sabía muy bien a lo que iba. En la penúltima noche del festival, los Teatros del Canal se llenaron de oles y palmas color caló, que acompañaron  con mucho arte al gitanísimo bailaor que ellos prefieren llamar, Joselillo Romero.

Salvaje y puro como pocos, el artista jugó de nuevo con sus alter egos, camuflados entre gigantes siluetas virtuales que lo desafiaban desde el proscenio. Quizá estuvo aquel que un día soñó con bailar a Bach pero con la esencia de sus ancestros más puros, o aquel que se entrega siempre a una constante búsqueda más allá del baile, en los multiuniversos del arte que pinta sus pasos con oleos o los salpica de poesía. También se pudo ver al niño que sólo necesita una arrebatadora patada por bulerías para gritar sin voz lo que siente, o el genio que se yergue frente a frente con la Tía Juana y sus setenta y dos inviernos.

Y ella… Juana la del Pipa, es el contrapeso en la balanza de Latente, no solo por la maravilla de sensaciones que causa con dos vuelos de su falda colorada o su complicidad con el bailaor, al que alimenta en todo momento con la sabiduría de su experiencia y del que toma la energía que con respeto y amor él le ofrece… sino porque su cante rompe el alma. Por demás estaría comentar sobre su técnica o la fuerza de su voz, porque hay veces que aunque los años pesen, los cantes se hacen todavía más inmensos por la verdad que contienen.

Artista por los cuatro costados

El dulce embiste de las proyecciones también tuvo su equilibrio en los silencios y la simplicidad de la apuesta más sincera del flamenco, con un bailaor latiendo a fuego ante el perfecto compás marcado por El Piraña, las deliciosas cuerdas de El Perla y los metales en la voz de Rubio de Pruna, Manuel Tañé y Antonio Villar.

Y es que el bailaor tiene ojo certero, y no solo eso, sino que es un flamenco completo. Más bien, un artista completo. Igual de entregado lo había visto antes en un saludo o creando una falseta en la guitarra… las ganas de sentirse vivo a cada segundo le brotan de la mirada y son contagiosas. No hay quien haga más flamenco el nudo de su camisa, o quien interprete tan bien en una postura el Tzigane de Ravel. No hay quien acompañe mejor a la tía Juana en una salida por bulerías o quien retumbe todos los cimientos de un festival por seguiriyas.

Quizá tampoco haya muchos que con el corazón muy Latente aún, luego de haberse dejado las pieles en escenario, pueda sacar su metal más profundo para cerrar cantando por fandangos con el alma al aire. Suspiros retenidos y ovación de pie.

“Este niño es la nueva promesa del flamenco”, comentaba a su madre una emocionada adolescente al salir del teatro. Sonreí por dentro, pensando en que todavía son muchos quienes no han disfrutado de todo lo que José Maya tiene para ofrecer. La promesa que era a sus ocho años, cuando estudiaba en Amor de Dios, es hoy una de las más grandes figuras del baile que aún se busca a si mismo entre sus sombras y sus raíces, se encuentra en su libertad y se va bailando la vida, persiguiendo aquello que es invisible a los ojos.

Paula Y. Valdez para Flama

 

 

 

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