Opinion

Gran Wyoming. Médico y artista

2 junio, 2014

Me gusta el flamenco porque me gusta la música. Tuve la suerte de ver grandes artistas cuando era joven, en Madrid, en los teatros, a principios de los 70. Entonces era frecuente un cartel del tipo: Fosforito, Naranjito de Triana, Chiquete… en fin, cuatro o cinco cantaores y un par de bailaores/as.

Claro está, también formaba parte de estos carteles Camarón, que enganchaba a primera vista porque infundía mucho respeto. La primera vez que lo vi yo tenía 16 años, y me impresionó lo serio que era. Me quedé enganchado. Desde entonces el flamenco forma parte de mi ecosistema musical, como el jazz, el rock; en fin, toda la música.

Esta afición prematura me ha reportado mucho placer y algunos momentos especiales en mi memoria por haber vivido momentos claves entre grandes cantaores, rodeado de grandes artistas, ratos, en fin, irrepetibles, emocionantes. Entre ellos el placer de encontrar, por ejemplo, a Diego El Cigala cantando en Casa Patas y tener el privilegio de grabar un disco con él y con Josele: Entre vareta y canasta. Una joya donde Diego canta pa matarse.

En definitivas cuentas, el flamenco es una vivencia efímera, imposible de retener, y por eso se recibe con los cinco sentidos y el respeto que merecen las ocasiones únicas.

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